25 de junio de 2006

Cubilátero

Existió una vez un ser poliédrico. Orgulloso y pretensioso. Tanto era así que nunca supo como era realmente. En ocasiones era pragmatismo puro, y en otras instinto animal. A veces luchaba hasta el final, y en otras caía en la más grande de las depresiones. Una vez atrajo el amor de una mujer. A veces diez, a veces mujer. Una vez él se enamoró, y otra vez se desamoró hasta volver a enamorarse. Otra vez fue el amor quien le atrajo a él. Y en confusión cayó. Un día se miró al espejo y en su rostro pudo percibir un plano más en su faz. Lo miró y lo tocó, se apretaba para ver si lo podía destruir o allanarlo, pero fue inútil, durante ese día estuvo sumiso en la desdicha. Pero al día siguiente se enfrentó al mundo radiante. Aún así en su interior, desconocía la forma real de su corazón, y como éste no era poliédrico, no podía evitar sentir los cambios radicales de su ánimo. Y una tarde, cuando se miraba en el espejo mientras se lavaba los dientes empezó a ver como su cara iba perdiendo planos. Al principio se asustó, pero enseguida se alegró. Cuando perdió el último plano, se sintió cansado, y se desplomó al suelo. Su corazón se había muerto, y él volvió en sí. Se lavó la cara y salió de casa.