2 de enero de 2007

retazo humano
Un pellejo menos se dice para sí mientras observa inmutable como se arranca la piel. Y tras una ligera mueca de molestia, continúa con la misma actitud. La penitencia se la pone cada uno. Nació siendo honesto, como la mayoría de los hombres y mujeres. Creyó poder aferrarse a sus ideales, que nada podría transformarlos y que nada se los haría quebrantar o saltárselos. Pero en una noche comprendió que era igual de vulgar y mezquino que el resto de la humanidad. Descubrió que no sirve de nada luchar por quien no se quiere ser si cuando se encuentra la oportunidad rompemos con todo por un capricho que dura menos que el lamento de la comprensión del acto. Se arranca la piel para intentar ver quien realmente es. Pero no es su propia piel la que se arranca sino el maquillaje, el disfraz con el que engaña al mundo. Tan convencido de su pecado, de su traición a sí mismo, que continuará desgarrándose la piel hasta que encuentre el consuelo en el dolor. Siguió horas y horas arrancándose la piel a tiras, sollozando y sintiendo el vacío en su interior. Fue en el momento de derramar las primeras lágrimas en un mar de su propia sangre, en el que había destruido su cuerpo, se sintió bien. Pues ya no era él, el traidor, si no ÉL, el verdadero. Y al obtenerlo se condenó a la marginación de la soledad el dolor y el silencio del miedo a volver a traicionarse. Satisfecho de su purificación se vendó como pudo y desapareció. Partió allá donde el temor a la tentación le era inalcanzable. Y murió con el terror a ser encontrado.