2 de febrero de 2007

DQ18 - La niña dragón

Nire era una niña valiente. No temía salir a la calle a pesar de los dragones y demás criaturas que deambulaban y aterraban la zona. Salía para recoger flores de fuego que tanto le gustaban, por que al ingerir sus candentes pétalos al poco rato eructaba fuego y jugaba imitando ser un dragón.

Un día cualquiera, recolectando un pequeño ramo para sus amigas se topó con un dragón negro y majestuoso. Nire se quedó atónita, no sabía si correr o esconderse. Inesperadamente el dragón le guiñó un ojo volteó la cabeza y con una violenta sacudida de aire apagó los candentes pétalos de las flores e hizo sobrevolar a la niña dos metros por encima de las flores y alzó el vuelo. Se incorporó sonriente y se fue corriendo al refugio creyéndose más dragón que nunca. Esa noche jugo a los dragones con sus amigas.

Pasaron los días y en uno de esos días, cuando el sol empezaba a despuntar el cielos con sus primeros haces de luz, un estruendo resonó en la pétrea ciudadela, sobrecogiendo y sobresaltando a sus habitantes en su lecho. Al poco rato; rugido y calor.
Nire abrió los ojos en el momento justo para ver volar frente a su ventana la silueta de un dragón expulsando su flameante aliento con la misma velocidad con la que volaba. Se levantó pensando que soñaba hasta al asomarse a la ventana y se convirtió en pesadilla, a la vez que su rostro se teñía de naranja por las que incineraban su pueblo; habían muchos dragones muertos, muchas más eran todavía los hombres y mujeres que yacían a sus alrededores.

De entre las llamas y los dragones que sobrevolaban raso se distinguía un dragón en la distancia observando, contemplando su obra. A la vez que la muchacha escudriñaba a la figura con intensidad, ésta sintiendo lo mismo también lo hizo haciendo estremecer a Nire. Inmediatamente alzó vuelo y tomó rumbo a la niña.

Según se iba restando la distancia entre ambos, más eran los detalles que se podían distinguir del dragón. Nire, totalmente paralizada tan sólo era capaz de mirar al dragón. Justo a dos metros el uno del otro, la niña abrió ampliamente los ojos y reconoció al dragón de su encuentro, al mismo tiempo el reptil irrumpió en la estancia derrumbando la pared y con sus fauces abiertas ingirió a Nire con un grito ahogado.

Se deslizó por el esófago a penas sin poder respirar por el calor y las secreciones que producía. Al llegar al estómago se mareó al ver miembros humanos, que muy probablemente pertenecieron a amigos suyos. Aún así y a pesar de todo no se derrumbó, sólo pensó que tenía que salir de allí. Fue entonces cuando un mantón de flores de fuego, sobre el cual se abalanzó sobre ellas y empezó a ingerirlas de forma frenética, apenas las masticaba. Cuando húbose ingerido todos los pétalos amontonados se acercó con premura a la boca del estómago. Pensó que como por dentro el dragón no tenía escamas, tampoco soportaría el calor. A los pocos instantes de haberse acercado, eructó.

El dragón retumbó con un sonido que bien pudo haber sido su propio chillido. Al tiempo se pudo escuchar un estallido, y en progresión otros cada vez más fuertes hasta que finalmente alcanzaron a la niña siendo envuelta por una bola de fuego. El estómago no lo resistió y el dragón cayó muerto en llamas y en lluvia de ceniza.

Los pocos supervivientes cuentan que tras la muerte del dragón oscuro los otros dragones se marcharon. La lluvia de ceniza duró una semana. Cuando hubo pasado el temor de otro ataque, a tres días del último iniciaron las tareas de reconstrucción.
Fue un niño quien advirtió al pueblo de su descubrimiento. Todos desconcertados se acercaron al gran dragón negro, ahora ya casi cenizas, y en su interior vieron a una niña boca abajo y como extensión de su cuerpo, en sus espalda, las alas del dragón.

La piel de la niña era gris, y nadie tuvo nunca el valor de tocarla para tomarla el pulso por temor a que su cuerpo fuera de ceniza. Y así se quedó el tiempo que duró la eternidad.