7 de abril de 2007

Maestitia

En una tierra gélida, donde los témpanos se habían edificado ya sus propios feudos y el blanco colmaba las más altas copas de los árboles, se encuentra en su centro un vasto territorio en el que tan sólo habita la soledad. En ella peregrinan las almas que un día perdieron algo sin razón, huidiza a su entendimiento. Las pisadas de los peregrinos se las lleva el viento del olvido, y su recuerdo mueren con cinceles sobre la piedra del cementerio. Es la parte del mapa que a los niños no se les enseña en su aprendizaje, no por que fuera triste su existencia o temieran la facilidad con que los niños se retan. No se les enseñaba por que no conciben justo que los niños entiendan un concepto tan amargo siendo aún niños. Se trata de la tierra blanca, la tierra sin nombre, así la denominan los críos. Entre los adultos la llaman Maestitia.

Maestitia, es un desierto blanco. Es curioso como algo que se encuentra en lo más profundo de un escarchado país pueda albergar un desierto de arena blanca, que además es cálida. Los estudiosos culpan a esa virtud la razón por la cual sus habitantes migran hacia ella.

Nunca se supo qué sucedía allí y mucho menos qué le ocurría a quien se adentraba en aquel lugar. Hasta que un día, alguien lo hizo y volvió. Lamentablemente, no para contarlo.

Años atrás, cuando se comenzó a hablar del desierto blanco, del desierto de Maestitia. Hubo un joven, Féleon, hijo de un herrero de oficio arraigado en su familia que encontrándose en una de las tabernas del poblado con su carpeta abierta y una mina de carbón sobre un montón de papeles, y cuando se acordaba le daba un sorbo a la cerveza. Que un día, estando en ese mismo lugar y con la cerveza aún fresca, su monotonía fue interrumpida por una muchacha de tez morena y de cabello rizado azabache. Enseguida dilucidó que no era de los alrededores. Le pidió compartir mesa, la taberna estaba en uno de esos días en que sin razón se llenaba, y éste no fue capaz de darle una negativa. Lo que se dijeran se desconoce, pero de ahí nació una relación algo más que amistosa entre los dos.

No fue un secreto para el pueblo sus aventuras, a pesar de que su amor estaba vetado, pues los dos pertenecían a dos tierras diferentes y no se habían presentado formalmente las casas de sus padres. Aún así y consecuentes, furtivos se veían y se fundían. Y así fue durante un tiempo. Pasados los meses una mañana apareció frente a él, y secante le dijo que se acabó, que ya no habrían más fugas ni aventuras en las alcobas. Féleon desconcertado empezó a preguntarla y después a preguntarse. Ella se desvaneció entre las sombras que una vez les cobijaron, y el desconcertado entró en un estado de in animación. La gente no tardó en enterarse, mucho menos tardó en encontrar las razones en otro hombre. Inevitablemente Féleon también se hizo eco de los rumores y se convirtió en un ser primario, deambulaba cumpliendo sus funciones pero sin un ápice de humanidad, sentía el frío más que nunca y sentía el vacío más que la propia nada. Y fue así como un día, algo más abrigado de lo usual partió hacia Maestitia.

La distancia que separa el poblado del desierto blanco, es de unas dos semanas.
En su camino el blanco se hacía más intenso. No hizo paradas para dormir tan sólo para ingerir algo de alimento y proseguir su viaje. Estaba ciego por seguir avanzando, sólo pensaba en avanzar, avanzar y avanzar. Avanzar para terminar cuanto antes con el vacío de su interior, con el dolor que le recorre las venas de su cuerpo. Avanzar para destruir un dolor que sabe que no es físico, y sin embargo le consume el alma. Avanzó sin cesar, y fue consciente de quienes le rodeaban en todo momento, supo de asaltadores, mercenarios, de otros con su mismo destino que sin embargo no entablaban diálogo. Es un peregrinaje solitario.

Supo que había llegado cuando comenzó a despojarse de sus ropas. Y fue cuando se descalzó, que sintió cómo el calor de la blanca arena le invadía el corazón, y suspiró aliviado por unos instantes. Invadido de nuevo por el desconsuelo, se fue introduciendo en el vasto territorio, sabía que no estaba sólo pero no lograba divisar a nadie.

Continuó avanzando en línea recta hasta que se topó con una silueta. Cuando la alcanzó no dio crédito a sus ojos, era ella. Ella la misma que se fundió entre las sombras, ahora resaltaba sobre la luz, expuesta y exhibida ante todo. No dio tiempo a mediar palabra cuando un susurro sutil como el viento le contó la razón. Él la miró, y ella se le abalanzó cargada de vida otra vez. Cayeron sobre la duna y se besaron. Féleon, reanimado, la apartó. Y con mirada de duda y ojos lagrimosos la muchacha observó como él daba media vuelta y recorría el camino andado.

El muchacho logró volver a su pueblo, y a las pocas semanas y a causa de la penetrante luz del desierto se quedó ciego y condenado con la misma imagen blanca por haber marchado de allí. Hoy se lo conoce como el anciano blanco, y mora por los alrededores de Maestitia intentando revelar a los peregrinos afligidos los peligros que corren al caminar por las sendas del desconsuelo, y en un intento ahogado de salvarse a sí mismo.