23 de mayo de 2007

Caída libre

Libremente caían sobre el esmaltado precipicio. Unos caían de cabeza, otros lo hacían en plancha, y otros tanto gritando. De cualquier modo, caían, eso seguro y el ruido siempre era el mismo, inaudible. Unos sonreían al caer gritando silenciosamente “libreeeeeeeeee” otros a su vez sollozaban “¿qué va a ser de mi…?”. Y simplemente otros salían catapultados con fuerza contra el tocador. Éste era una un armario pequeñito que reflejaba con nitidez la violencia capilar que un joven estaba ejerciendo hacia y para su perezosa dejadez con una máquina de barbero rudimentaria que un día rescató entre los containeres y por la que se peleó con un vagabundo hasta el punto de apartárselo con una patada sobre el vientre para hacerlo retroceder y poner pies en polvorosa. El caso es que le mereció la pena el esfuerzo pues, ésta funcionaba y le ahorraba sangrientos disgustos cuando quedaba con alguna chica y torpemente se hacía el rostro un auténtico cuadro. Él siempre arguyó que era a causa de los nervios y que, como siempre, se dejaba tanto que tan sólo cuando había de quedar con alguien se decidía por impresionar y por ello afeitarse. Pero en esa ocasión era distinto, decidió probar afeitarse lo máximo que la máquina diera de sí. Mientras sus minúsculas porciones salían disparadas se descubría un niño, escudado amagado escoltado y guarecido en su barbuda jungla, la cara que a muy pocas personas, supongo que las que significan algo para él, les regala. De tanto en cuando se alejaba la máquina y se miraba y tocaba y seguidamente se acariciaba, y entre el ruido de la barbera masculló: “me gusta que me beses, por eso quiero que a ti también te guste…”. Se sonrió apagó la máquina con un ruido desastrosamente aparatoso, decididamente se aclaró la cara para salir dejando atrás, al menos por un rato, su mentira cotidiana.