8 de agosto de 2007

Luna

Cerró la puerta con cuidado. Una noche más volvía a llegar tarde del estudio. Dejó con un pequeño sonido de fondo las llaves sobre el mueble del recibidor y avanzó en la oscuridad sin emitir ningún ruido. Finalmente llegó a la habitación, ella estaba desnuda sobre la cama con la chimenea cargada de leña ardiendo. Ése era su pacto. Ella le hizo prometer que siempre que llegara tarde le tendría que hacer el amor, pues era la única forma en la que contemplaba la reconciliación. No importaba que lo hubiesen hecho la noche anterior o esa misma mañana. Él desde la chimenea la observaba encandilado mientras se iba desabrochando la camisa. Siempre estaba muy cansado los días que llegaba tarde, pues era una señal evidente de que había sido un día largo, pero era justo en esos días cuando él más se esmeraba por ella. El día que ardía en deseos de poseerla le entraba directamente besándola en los labios con un delicado frenesí, mientras que con una de sus manos la sujetaba de las muñecas. Otras veces empezaba besándola en el cuello hasta llegar a su hombro. Si su intención era erizar su piel tan sólo tenía que empezar a besarla donde nacen sus senos para ir avanzando por ellos hasta conquistarla, siempre l-e-n-t-a-m-e-n-t-e con besos sutiles como si susurrara a la piel. Las persianas de la estancia estaban elevadas permitiendo la vista a la luna llena, que tanto le gusta, y a cualquiera que estuviera en disposición y solo. Lanzó la camisa al suelo. Se puso sobre ella sin cargar su peso. La olió. De sobras sabe que está despierta, finge el sueño para no romper la ilusión. Empezó a buscar sus puntos débiles, a buscar el lugar por donde se estremecería antes. Finalmente empezó a besarla por el interior de su pierna derecha a la vez que con sus manos le acariciaba sus muslos. La besaba incesantemente, paulatinamente, rítmicamente. Recorría su blanca piel con sus labios, siempre ascendiendo. Cuando hubo llegado a la altura de la ingle, paró. Suspiró con fuerza sobre su sexo y pasó a su otra pierna a repetir el ritual. Esta vez varió con pequeños mordisquitos escondidos tras sus besos. Cuando casi estaba a punto de llegar a la ingle, ella finalmente lanzó un contenido y silencioso gemido. Enseguida él sonrió y ella igual de veloz le cogió del pelo atrapándolo en el lujurioso mundo que se haya entre sus piernas dando rienda suelta a su deseo. Su cuerpo se retorcía con armoniosa fragilidad. A veces se arqueaba, pero enseguida él lo aplacaba y la sometía. Cuando sus piernas empezaron a relajarse, inició el ascenso. Sus manos emprendieron el viaje de exploración mientras que sus besos se recreaban en su vientre disfrutando con los descensos y ascensos. Él se podía quedar toda la eternidad allí, pero una vez más ella lo atrapó del pelo y se lo llevó a la boca. Su piel se encontraba muy fría y cuando tomó contacto con la de él, desencadenó el destemple de su cuerpo y sus pezones se endurecieron mientras sus cuerpos enzarzados, mantenían su particular guerra de caricias. Torpemente lograron deshacerse de sus pantalones y calzoncillos. Ella le mordía ligeramente su cuello. Le recompensó descendiendo por su abdomen; y alcanzando su miembro, lo besó y lo trató con la misma intensidad con la que él lo había hecho. Después de unas pocas miradas furtivas, volvió a reconciliarse con sus labios. Y entre los dos, finalmente interactuaron, se dieron cancha en su campo de batalla. Ella le clavaba sus uñas sobre su pecho y él la mantenía sujeta de las caderas. Habían iniciado una guerra que tardaría en terminar. Hubo que lamentar muchas pérdidas. Se hizo gala de un sin par de tácticas, que no hizo más que mantener la balanza equilibrada. Finalmente, sus cuerpos exhaustos, excitados y sudados reposaban el uno sobre el otro. Silenciosos. Ella tenía medio cuerpo sobre el de él, y el suyo al descubierto. Él, siempre atento, estiró el brazo alcanzando la sábana. Con cuidado la tapó. Ella ya había caído en el sueño. Y él se durmió feliz, sintiendo su respiración sobre el pecho.