1 de marzo de 2008

Elemento: agua

Es como cuando la lluvia cala tu cuerpo, escurriéndose por cada rincón cubierto, filtrándose por todos los huecos. Es esa sensación de pesadez, de lentitud orgánica, de carga en las extremidades. Sientes por instantes un bautismo. Una liberación interior. Como si el alma escurriera los negros pensamientos, arrastrados por el incesante golpe de las gotas. El impacto es un susurro de consuelo. Decenas y cientos de gotas te confortan musitándote al oído que todo irá bien, como angelicales voces, y en ese preciso instante te dejas llevar. El suicidio de cada gota es una bendición. Su choque crea una nube diamantada. Te cubre un halo pulverizo, un manto de serenidad. Y te quedarías ahí toda la eternidad, pues sientes que vuelves a formar parte de algo, sientes que dejas de estar sólo. Y cuanto más tiempo te expones, más son las sensaciones que te reconfortan. Notar que el agua te abraza con tu propia ropa como si del deseo de una segunda persona se tratara. Vuelves a sentir el calor interior de tu corazón, pues el verdadero frío te ha calado. Y deseas morir así, deseas que sea la lluvia quien acabe contigo, porque en el fondo es morir por el deseo de un amante kamikaze. Es mejor morir así, y olvidarse de tan sólo vivir.