21 de abril de 2009

A pecho descubierto

Llegó a mi vida como un relámpago en la noche, como el flash que se queda impregnado en la retina quemando a los indefensos nervios ópticos. Así llegó ella. Y tal que se fue me dejó como regalo sus costumbres. Yo dejé de ser yo, para ser por una parte, más ella. Me convertí en el demonio en el que ella se había convertido, en el que me había convertido. Me arrebató lo que me hacía ser yo como ser único, lo que me hacía ser un individuo único más. Destruyó en mi lo que me hacía ser feliz. Comenzó poco a poco. Me contaminó sus miedos por medio de sus labios. La inseguridad con las caricias. La incertidumbre con sus abrazos. Y cuando creí que ya no iba a más, me castró las palabras tocando mi corazón con la yema de sus dedos. Desde entonces lucho por exorcizarla de mi vida, de mis sentidos. No es veneno de amor lo que corre por mis venas, es el veneno de su ser en un cuerpo rebelde. Desde ese día, busco las palabras perdidas por el mundo, con vaguedad puedo conseguir elocuencia con vocablos huérfanos, pero algo siempre sale. Sin embargo, nada nace de mi corazón, me encuentro vacío, ahuecado como a una calabaza. Extirpó mi ser y cuando lo hubo conseguido se fue con ello sin saber como usarlo y fingiendo no haberlo hecho o no habiéndolo querido hacer…

Sentir; anhelar; que lo que uno es recorre el cuerpo hasta terminar en las falanges y de ahí saltar al papel analógico o digital. No es fácil sentir la ausencia de algo que era tan preciado. Puedo luchar, pero mi corazón está anulado y la fábrica ha cerrado, días de luto son los que se aproximan… Ardo en furiosa pira de sentimientos en estos mismos instantes… quisiera poder expresar la imperiosa voluntad de un Zeus, presentar el belicismo literario de un Ares y la agudeza de una Atenea. Pero mi corazón no bombea palabras sentidas al exterior, es como si mi capacidad de compartir haya dejado de existir, quizás o tal vez, sea la profanación de un ciego pagano quién hace herejía, quemando mi biblioteca de Alejandría.

Hay fiesta en los oscuros bosques de mi cuerpo y la hoguera que alimenta la celebración son los restos flamígeros de mi inerte corazón. Cenizas de algo que debía morir para renacer, quizás más fuerte, quizás más débil, pero diferente o quizás: tristemente indiferente…