1 de junio de 2009

Pequeña chica azul

A ver, he sido nominado por mi hermana Julieta a escribir un relato con las palabras; vida, amor, literatura, sexo, cine y viaje.

Espero haber cubierto las espectativas.
Y como es mi correspondencia, ahora me toca nominar.
Y los nominados son...

A mi buen colega Dancubus y su blog diseñil.
A Imeta, y... (joder, tienes un montón de blogs pero creo que elijo el adecuado) su blog de palabras sueltas.
Y a mi amiga la Moluscosa, que últimamente postea poco.

Espero vuestras participaciones.
Cuidaos mucho y suerte con el reto.


"Pequeña chica azul"

Los pequeños focos de la barra iluminaban de forma cálida las oscuras vetas. Cada foco era la burbuja particular de cada uno de los que estaban apoyados en el suelo de su realidad. La lluvia caía afuera con sádica violencia. Era azul. La lluvia era azul. La lluvia era azul hasta que la luz fluctuó y el neón de la entrada se apagó. Un estruendo hizo vibrar los cristales y tras el centellear de un rayo caído, la vida perceptible fue asesinada. Nadie se inmutó. El tipo del piano seguía tocando notas pausadas, melancólicas. El humo que reinaba era el traidor de los revisores, del cine estroboscópico en el que se había convertido el bar, que con sus cigarrillos iracundos se iluminaban el cansado rostro.
El pianista empezó a cantar un blues, que más que cantar era un susurro lo suficientemente alto como para tenernos atrapados con frases simples…

¿Por qué alguien no enviaría a un tierno chico azul?
Para animarte pequeña chica azul…

Debía de ser un tipo azul, un tipo que jamás debió encontrar a una pequeña chica azul. Un tipo que me hizo pensar que todos los del bar estábamos igual. Un relámpago me hizo familiarizarme, cada vez más, con todos los desgraciados que me rodeaban. El whisky, de garrafa, se había vuelto a acabar en mi copa. Me la rellenaron. Di media vuelta en el taburete giratorio y encendí otro cigarrillo, quedaban pocos. La luz volvió por unos segundos y volvió a morir. En ese lapso de tiempo el pianista ni se enteró, pues tocaba con los ojos cerrados mirando hacia arriba, quizá mirando a su pequeña chica azul. Volteé a mirar a los otros desgraciados. Cabizbajos, perdidos en sus viajes o en un único viaje. Quizá pensando en pagar por sexo esa noche, como las anteriores, para olvidarse aunque sea por una hora de su desdicha. Creo que éramos todos unos auténticos antihéroes, de esos de los conocimos en los cómics o tal vez, más ahora, a los que nos obligaron a leer en clase de literatura cuando éramos unos críos. Pero en todo aquel ambiente había una cosa que era evidente, aquellos que llenábamos aquel bar no cogíamos un libro a menos que fuera el Kamasutra o fuera una revista pornográfica y que no tuviera muchas letras…

Maté a mi mejor amigo. Me aproveché de él hasta su último aliento. Y lo estrellé contra el cenicero.
La tormenta se devoraba a la noche. El pianista había terminado la canción, pero volvió a susurrarla. Yo me levanté. Me acerqué a él, le di dos palmadas en la espalda, me miró con una sonrisa, y salí por la puerta comprendiendo que de todos los menesterosos de aquel bar, el único que había probado el amor había sido él, y por ello era mejor que nosotros.

Caminé, y la lluvia mojó mi libro.