9 de enero de 2010

El cosmonauta

La ingravidez le incomodaba. Esa sensación de nada constante, de desorientación infinita como el abismo en el que se encontraba. El mundo sin reglas, sin arriba y sin abajo, sin derecha ni izquierda. Bienvenidos a la cuarta realidad, el caos. Se encontraba atrapado en una película a cámara lenta, en donde todo se reía de él y se mofaba pavoneándose con insultante lentitud. Pero aún así se lo callaba. El motor central de la nave se hallaba congelado y sin él ya no habría más gravedad, no habría más “Houston tenemos un problema”, ni habría más despertares en tierras perdidas del borde exterior… Desde luego no se quejaba. La compuerta exterior se abrió, pudo sentir el frío a través del traje. Nada hacía ruido, ni sus pasos, ni la compuerta al abrirse, ni tan siquiera el macabro retorcimiento cósmico del universo. Eso era lo que le carcomía por dentro, la maquiavelidad del universo sobre él y que lo hiciera con tanta maldad que ni se le escuchara disfrutarlo…
Avanzó lentamente sobre la superficie de la nave, las botas magnetizadas lo mantenía con los pies en la tierra. Desplegó la instrumentación y empezó a trabajar sobre el motor.

El tiempo en el espacio no se mide en horas ni minutos, ni tan siquiera los segundos cuentan. Tampoco los soles, ni supernovas o enanas blancas. Es todo mucho más primitivo. El tiempo en el espacio se mide con lo que separa la vida de la muerte, con el último aliento y lo que se tarda en llegar a él.

El motor quedó arreglado antes de encontrarse con el tiempo. Él estuvo de su lado.
Con la misma lentitud avanzó hasta la compuerta de la nave y, en devastador silencio, entró en la nave. Volaba sin hacerlo, como estar en una placenta sin la conexión con el mundo que sería Houston, su madre. Entonces tampoco volaba, suspendido pues por la nada consiguió llegar a los controles de la nave…

La nave arrancó tras doce intentos inútiles. Silencio.


Los paneles indicaban que el avance se daba, sin embargo… todo seguía igual. El piloto automático sabía cómo proceder por lo que abandonó los mandos y saltó, por decirlo de alguna manera, hacia una de las ventanas que se utilizaban como observatorio.
Todo estaba en su lugar, o tal vez no. No vio nunca la diferencia. ¿Qué lugar? ¿Dónde es arriba? ¿Dónde es abajo a la derecha? ¿Es esto el caos?
Perplejo mirando el inmutable vacío, se sobresaltó. El motor central había estallado, la vida había dado un brinco. Las sirenas de la nave se dispararon y todo se tornó rojo emergencia. La explosión había catapultado a la nave lejos de su trayectoria. Cuando terminó de leer los nuevos datos otro estallido lo sobresaltó nuevamente, era el motor derecho. La nave era él, gritándole a la nada. Se lanzó disparado, como la nave, a por su traje. La tercera explosión llegó al sellar su escafandra… La vida le reventó la nave. Y el cosmonauta, inconsciente, voló por el espacio a gran velocidad.

El espacio puede ser un lugar mucho más oscuro que la propia oscuridad.
Hasta que puedes abrir los ojos.

Finalmente se despertó. Ya no volaba, había caído. Su cara escafandra estaba besando el suelo que parecía césped. Se enderezó y al alzar la vista…
Vio extenderse ante él al universo. Auroras boreales salpicadas por nebulosas rojas, magentas, violáceas. Y sin embargo todo seguía siendo infinitamente negro. Los planetas flotaban en el cielo como soles satélites que no quemaban las retinas. Las lunas de estos brillaban como luciérnagas, y las estrellas fugaces llovían desde el horizonte hacia el cielo (…).

El hombre estaba equivocado desde el principio; el ser humano es el centro del universo…

Tras ese pensamiento un gran estallido le sobresaltó, el universo le llamaba, la expansión de la onda de luz le alcanzó ahogándole en ésta, cegándole y dejándole inconsciente...

-Le tenemos de vuelta.
Sus ojos volvieron a abrir y a ver con dificultad. Sólo distinguía formas borrosas.
-Le tenemos de vuelta. Ahora descanse; tiene mucho que contarnos…