20 de abril de 2010

Rebelión en la oficina

Alcé la viste de mi escritorio, y vi a todos muertos en la oficina, tan jóvenes y tan muertos. Infaustos colegas. Muertos en vida que sonríen y bromean en su esclavitud. Acaso son el nuevo pueblo de Israel, esperando un libertador. De seguro yo no quiero acabar así. Somos las especies exóticas dentro una jaula de cristal con hermosas vistas a la que sus amos acarician cuando les conviene y luego marchan con su libertad, la de los otros, la mía.

Esto no puede seguir así. Pero me queda la duda, ¿si me alzo me seguirán? Veo la grapadora al alcance de mi mano, corro el riesgo de convertirme en mártir con conseguir nada más que palabras de admiración. Y siempre cabe la posibilidad que haya algún lobo dentro del rebaño que me lo dificulte. El viento silba fuera de nuestra caja cristalina, libertad libertad… El día está empezando y por dentro mis alas arden por volar.

La grapadora está totalmente cargada, la empuño y me abalanzo sobre el jefe empuñando la grapadora sobre su ojo derecho y le asesto cuatro grapadas que por sus gritos me duelen hasta a mí, el silencio invadió la oficina. Una quinta grapa fue a parar a los labios y tras de eso le golpeo para dejarlo inconsciente. El segundo jefe apareció y le reviento la cara lanzándole la grapadora acto seguido le golpeo tumbo y dejo fuera de combate con un solo golpe de teclado.

El miedo me mira atemorizado, y yo también me asusto. Mascullo tímidamente, “libertad”. Tarde me di cuenta de que todos eran lobos y de que yo era el único cordero. Golpeado e inmovilizado, corderito bueno.

Todos me tachan de loco cuando me sacan a rastras de la oficina, amarrado con la fuerte camisa algo roja por mi sangre mientras sonrío. Me dicen que soy de diagnóstico esquizofrénico mientras me introducen en el elevador avanzando con mis puntillas… Para mis adentros sé que por fin soy libre mientras los veo alejarme de la prisión de vidrio.