22 de agosto de 2010

Platos rotos


Después de que te fuiste sólo quedaron las sobras. Los restos de aquella comida de verano. El vino con casera, ya sin gas, las migas de pan sobre el mantel de tela a cuadros rojos, y los platos apilados aún con olor a café. La tarde azul, con una suave brisa olor a salitre, y la sensación antónima de tu ausencia. La sobremesa más amarga que hubo probado. El castillo de naipes se desmoronó ante mí. En ese momento sólo fui capaz de fijar mi mirada en el cigarrillo que se consumía lentamente entre mis dedos, y el humo que danzaba agitado al son de sus voces. Tomé de un trago lo poco que quedaba del café solo que tenía en la mesa. Carlos, en apariencia de tranquilidad incontenida empezó a apilar los platos con ligera violencia. Y Claudia, con su última sentencia provocó que algo se rompiera. El grito de furia ahogado terminó con un portazo tan esperado que no produjo ninguna otra sensación que la del silencio, como el de después de una tormenta de estío. Encendí otro cigarrillo y a grandes caladas me tragué los malos humos esperando a que el ambiente recuperara la serenidad de la hora de la siesta. Al estrellar el cenicero contra el cigarrillo, me levanté, me despedí de Carlos y salí por la misma puerta en la que lo había hecho anteriormente Claudia. Dejando atrás el caos de un orden recientemente alterado y algunos platos rotos que recoger, o en el mejor de los casos, que arreglar.