6 de noviembre de 2011

El reverso de la vuelta

La vuelta había sido larga. No recordaba cuando la inició. Aún dudaba, de hecho, si en realidad la había iniciado. Pero había vuelto. Aunque en verdad su viaje no había ni empezado aún, él ya había viajado en el tiempo, había cruzado el cielo sin percatarse de las estrellas, cruzó el mar y descansó. Viajó tanto que ni tan siquiera estaba a punto de zarpar, ni tan siquiera era el momento de partir.
No obstante, su determinación no dejaba espacio al destino. Y sus días pasaban con el sabor amargo de la despedida. Con los seguidos ires y venires que le caracterizaban, inconstante, volátil. Volar. Así se encontraba Roland, que en las últimas semanas sus actividades sociales se habían disparado. Todo era un favor por ahí, una cerveza allá, unos besos por aquí y todo lo demás le quedaba por acá. Sin darse mucha cuenta, Roland, había dejado de comportarse de forma regular. Su mente, ya en un viaje, se había despojado de las obligaciones morales impuestas por la sociedad y era, nuevamente, libre. Esta libertad conferida por su situación no le hacía otra cosa más que permitirle ser él mismo y así su personalidad, libre y a flor de piel, disfrutaba con los demás y por consecuencia, florecía. Era libre. Era libre porque se marchaba, iba a partir y poco le importaba el resto del mundo más que el suyo. Poco le importaba ahora ya, a Roland, el amor o el quedar bien con los demás. 

Los días pasaban cada uno distinto al anterior. Y su personalidad cada vez se hacía más atractiva para los demás. Por ello había conocido a mucha gente y en él algo le empezaba a inquietar. Le inquietaba la mirada felina de tez morena. Le inquietaba. 

Tanto tiempo de viaje y justamente ahora, empezaba a vacilar. Las cosas nunca le salieron como lo había planeado. Y en muchas ocasiones había tenido que planear un no plan.
Nuevamente, se le volvieron a truncar las cosas. Su mirada le hería más allá de sus ojos y razón. La tenía atrapada en su mente. Y se preguntaba el porqué de su desdicha. Se cuestionaba por el valor de la cosas, por el peso de lo que no es medible. 

Roland, quisquilloso y soñador, se encontraba partido. Partida su razón y su corazón, y estos también se encontraban partidos entre sí. Tenía que decidir, ser fuerte o débil. Ser lo que esperan de él o ser él mismo. Y entonces se preguntaba: "¿Para quién vivo?". "¿Vale más mi felicidad que la que pueda yo dar a los demás?".
El rostro se le tornó sombrío, porque el corazón, después de años le volvía latir. Pero eran latidos de un desesperado corazón que gritaba al partir, para no ser olvidado. Para no ser abandonado. Para no ser desterrado.