12 de enero de 2012

Dunas

El sol calcinaba sus oscuros cabellos, mientras el viento, le disparaba con malicia diminutas rocas grisáceas. Inútilmente alzaba su mano para proteger su mirada ya la vez que levantaba la vista para descubrir decenas de montañas andantes que lo arrastraban a su paso. Sus pies eran devorados por las arenas, cocidos a cada paso. Las gaviotas, como buitres, sobrevolaban su cabeza deseando pescar su pescuezo. Las gotas de sudor se deslizaban, como rápidos por la orografía de su rostro, precipitándolas a la inevitable evaporación. El oxidado jadeo sólo era acompasado por un silbido arenoso y su crujiente masticar de arena. La ropa comenzaba a adherírsele a la piel, por lo que en un ademán, ya harto, se empezó a desprender de su ropaje. La camisa cayó pesada. Las botas, desnudando sus pies, cayeron pesadas cada una de forma diferente liberando a su arena custodia. Las montañas, ahora descalzado, eran de inestable fuego sólido. Siguiendo con sus torpes pisadas continuó arrancándose la piel, la que le era posible. Sólo sus pantalones se convirtieron en la evidencia más duradera de su rastro. Por último, su ropa interior se desprendió de su cuerpo con pesadez. Su piel comenzaba a convertirse, gracias al sudor, en arena. Su cabello oscuro, ahora ya rígido y blanquecino, junto con toda su piel, no era más ya que una mancha borrosa que se se desplazaba con ineptitud e incoherencia entre los gigantes de arena que lo tenían doblegado a su voluntad.
Finalmente logró escalar y alcanzar la cresta de una de las montañas, se enderezó con sus tributos al aire y apretando los puños. Clavando su mirada sobre las mastodónticas criaturas, y más allá, el mar. Sus ojos marrones, contorneados por arenosas grietas, se abrieron tanto que las derrumbaron. El corazón comenzó a bombear con tanta pasión que granos de arena salían despedidos de su pecho. Con una risa asfixiada se lanzó cresta abajo hacia ese mar vislumbrado. A grandes zancadas comenzó a descender, dejando tras de sí erráticas huellas, con el afán de avanzar aún a mayor velocidad empezó a dar zancadas más amplias. Estelas microscópicas de arena que alguna vez fueron cósmicas quedaban por momentos en suspensión, concediéndolas un estado de ingravidez momentáneo. El poético descenso se vio truncado por el cansancio. Trastabilló. Trastabilló cayendo de frente. Acelerado, no hubo forma de parar. Rodó, saltó, cayó, voló, botó, rebotó y tras repetir la serie varias veces más, se estampó contra una arenosa planicie. Magullado y aturdido, con la visión dañada por la arena y tosiendo, en parte por la misma razón, se encontraba sometido ante los gigantes.
Alzó la mirada, enturbiada, y con intuición de su tacto definió unos pies desconocidos ante él. Arrodillado, y apoyándose con las manos, sintió como lo sujetaban del pelo con firmeza y lo elevaban. Con sus manos palpó las piernas de su espectador, eran de arena. Lo miró.
Exhausto se desvanecieron las fuerzas y empezó a caer con lentitud. Cayó pesado, y al tocar el suelo, se empezó a resquebrajar todo su cuerpo, hasta que se deshizo y se unió a la arena, formando ya parte de ella. Sintiéndose uno.