16 de agosto de 2017

¿Recuerdas?


Ahogado en el mood.

14 de julio de 2017

Verano en la ciudad

El verano en la ciudad es estridente, no importa la hora que sea que siempre la escandalera está garantizada. Por el día los cláxones de los coches y la gente gritando a otra gente, porque así es como se comunican por aquí, o en su defecto gritando a un aparato electrónico que posteriormente terminará gritando a otra gente. Sea como fuere, siempre gritando, siempre ruido. Por la noche la cosa no dista mucho al día, algo más tranquilo porque la gente que grita a otra gente duerme, por fortuna, pero los motores de las bestias mecánicas se apoderan de la calma y termina siendo casi peor.

Ya ni hablamos del calor. Es un calor sucio, pegajoso. Irrespetuoso. Le da igual que te acabes de duchar o que estés en una junta, este se pega a ti y ya no se va. Le importa un bledo que te estés duchando, echando la siesta o en el quinto sueño que él ahí estará para hacer sudar hasta a Morfeo. Los variados problemas de vivir en una urbe en verano y con calor son múltiples pero el que reina sobre todos es la latente carencia de higiene y sus derivados efectos sudoríficos acompañados de ese incómodo aroma que despeina al más pintado.

Los urbanitas sueñan, más que nunca en verano, con salir de la ciudad. Y quienes lo logran, afortunados aquellos pensarán por lograrlo, serán libres del bullicio metálico de los coches y de los cláxones. Pero a causa del efecto migratorio de la urbe, serán víctimas y sufrirán, a un tiempo algo más pausado (eso sí), de los deliciosos aromas de todos aquellos urbanitas carentes de decencia higiénica que al igual que los bienaventurados vacacionistas pensaron que huir en masa a la costa era una buena idea.

El verano en la ciudad en verdad es terrible, lo único verdaderamente bueno de ser un citadino esclavizado a un escritorio es que, por lo menos en verano, la cantidad de idiotas a soportar por metro cuadrado se reduce a la mitad, y sólo por ello el verano, en la ciudad, es una delicia.

13 de julio de 2017

El cuentista

El cuento corto se convirtió en su vía de escape. Era el espejo con el que podía atravesar, por su mirada reflejada, a los lugares más profundas de sí mismo; los más hermosos y optimistas, pero también los más oscuros y tenebrosos. Con sus cuentos, a veces empíricos y otras veces irreales hasta la médula, algunos con héroes y otros con antihéroes de todas las clases. Huyó más allá de la carne y las miradas pendencieras.

Fue fugitivo por mucho tiempo. Huía del amor, que siempre le aquejaba. De la soledad, inherente a su personalidad. Del miedo, que cada aliento le aportaba. Del tiempo, que con sus deshuesadas cuencas le observa desde lo invisible. Huía, y era un gran fugitivo.

Sus cuentos estaban vivos en los ojos de quienes le leían. Pero vivían diferentes en cada uno de ellos. De repente se convertían en lo que el lector necesitaba leer, y tras ese manto de sílabas y gramática descuidada, se agazapaba y observaba a sus lectores. Por un momento el cobarde fugitivo se volvía cazador furtivo. Y descubrió que le gustaba.

El gran escapista se escondía en su cobardía para ocultar una vergüenza aún mayor, el exhibicionismo cuentista (el que reacciona desnudándose verbalmente ante desconocidos que no rechazan su acentuación deforme).

Víctima de su propio vicio se enredó en sus cuentos de madrugada, lascivos, miedosos, descarados, desganados, diminutos, exagerados, enfermizos, introspectivos, lacerantes, románticos,... se perdió en sí mismo siendo quien no podía en el mundo carnal. Le excitaba la reacción de su público desconocido ante su yo sin grilletes.

Se volvió adicto a lo que sus cuentos le contaban de vuelta. A la diminuta onda expansiva que creaba en el universo y que volvía a él de la forma más inimaginable. En forma de comentarios, personas, besos... cuentos...
Se prometió no dejar de huir nunca. No dejar de contar cuentos y fue ahí, que el fugitivo, el gran escapista, fue atrapado.

Enjaulado en su propio espejo, expuesto al público. A la vista de todos, con sus deformidades y perversiones. Ya no podía ser él si no podía escaparse, desnudarse y esconderse detrás de su cuerpo expuesto. Y fue así como, poco a poco, dejó de esconderse y dejó de contarse. Dejó a la gente pasar frente a él esperando, ávido, que siguieran su curso. O que el leerle no le juzgaran o le señalaran.

Fue prisionero de sí mismo por tanto tiempo que se volvió frío. Prácticamente inerte. Y sus cuentos ya no volvieron, murieron en él todo este tiempo enclaustrado. Y se prometió no volver a contar un cuento corto más.

Pero un día, que se sabía solo, no pudo resistirse en aquella silenciosa y cálida soledad; y huyó.
Huyó cerca, pero al hacerlo, estiró sus piernas y músculos. Y rompió a llorar sabiéndose ignorado pero libre.

Él se convirtió en la vía de escape de sus cuentos por tanto tiempo atrapados en él... Y que ahora reclamaban su tiempo perdido para desnudar a sus lectores, como lo hicieron en su día.

10 de julio de 2017

Tu cuerpo

Amo besarte. Besarte con tanta intensidad que con mis besos terminara fundiéndome en ti. Ser uno contigo y habitar en esa piel que a veces visito; a veces en sueños y otras con mi cuerpo.

Conquistarte y colgar de tus almenas mis estandartes, ondeando sobre tus firmes laderas. Hasta erigir mi castillo en los prados junto al valle y, por fin, descansar en tu húmeda orilla.
Bañándome con tus besos. Bañándote yo con los míos.

Zambullirnos en tu cenote y de la mano, explorarlo más allá que nunca antes. Y perdernos en el tiempo y la nostalgia. Llorarnos en la melancolía y agitarnos en el pálpito, en las sacudidas de nuestros cuerpos, de un cálido manto blanco que nos amamante y arrulle hasta, de nueva vez, llevarnos a la orilla.

Y desde la virgen costa, alzar la vista y contemplar mi travesía con el respeto y humildad que se merece tan sagrado lugar, que es tu cuerpo.

22 de junio de 2017

Nunca debiste haberme dejado...
Así nunca, te hubiera dejado yo a ti...

31 de marzo de 2017

Shitmba!

Shitmba
Los días en el bosque, son todos iguales entre si, y deferentes entre ellos. Las estaciones siempre vienen y van. Los árboles siempre se zarandean de aquí para allá. El río fluye unas veces con prisa y otras menos lentas. Los pájaros anidan en las copas. A veces el bosque usa un traje o otras otro, no muchos su vestuario es limitado.

Sólo hay una cosa que no cambia nunca, ya sea que nieve, llueva o sea el más tórrido día. Hay un habitante que es gruñón y huidizo. Muy pocos han logrado apenas verlo. Es pequeño. Dicen que si te cruzas con él, aunque tan solo sea de respabilón, tu suerte cambia. 

Durante un tiempo el bosque se llenó de rumores y de aldeanos curiosos que se cansaron de curiosear, y se fueron. Y así,  el bosque volvió a ser el sosegado y rutinario que era. Hogar de indecibles cosas desconocidas; por siempre jamás.

Si esperabais que os hablara del Shitmba, no lo haré, esta no es su biografía. Sólo diré que cuando alguien alguna vez lo vio sólo pudo decir "What a shit...!".

Es una mierda en forma de historia de origen. Tú también te puedes tropezar con un Shitmba en cualquier momento. Buena suerte.


Sobre este vídeo:
Título: What a Shitmba
Reparto: Las manos de Fhil Navarro.
BSO: When i look up / Jack Johnson
Productora: Fhiliberto Films
Duración: 0:54
Año: 2017

24 de marzo de 2017

Este soy yo


Este soy yo. Más añejado. Con exceso de vello facial y algunas arrugas que no me sientan tan mal. Con canas discretas. Con alopecia beligerante. Este es un yo cansado, agotado. Harto. Fuerte. Perenne, como los pinos que anidan todo el litoral de mi tierra (de la que soy, no la que poseo que es ninguna). Este soy yo en una gama de azules y amarillos Van Goghnianos. Loco. Ido de la cabeza. Vuelto con mis propios pies. Hastiado de la sociedad, de la gente. Despeinado. Alborotado. Irregular. Este soy yo. Paciente. Moldeable. Mutable. Y contra mi voluntad, explotable. Soy este borrón de trazos que se confunden con los claroscuros de mi persona. Una paleta de antagonías liberadas, muriéndose en agonía de una libertad sin un fin concreto. Este soy yo. El que escribe estas líneas. El que retrocede sobre ellas y las vuelve a pisar. El que se ve y no se reconoce porque hace mucho que sus palabras ya no le reflejan, por el polvo depositado sobre ellas. Este soy yo, intentado ser de nuevo. Yo.

[Por lo general siempre he huido de mostrarme en primerísima persona de esta manera, sin un motivo que lo justificara. Pero ahora no hay justificación, ni excusas. Ahora es porque sí].

2 de marzo de 2017

Desletrándome

Quiero volver a escribir. A no sentir que se me escapan las palabras. Los sentimientos. Lo que fui. Lo que fue. Lo que seré. O incluso lo que pudo ser. Lo que no seré, pero que por lo menos sea aquí, en esta esquina agazapado en la penumbra de lo que fui una vez.

Quiero acariciar las palabras con el mismo mimo con que ellas vienen a mi. A aventurarnos a lo desconocido partiendo de lo que somos sin que nuestros pasos los limite nada ni nadie. A entregarme a ti, al suave movimiento de tus labios al leerme, y a sentirlo cuando lo haces con susurro de terciopelo.

Quiero volver a vomitar lo que me corroe por dentro, lo que me mata. Me hiere. Me muere. Que por no hacerlo muero cada día un poco más, lento. Sacar la pluma con la que me atravesó la vida, el pecho, y escribir con el tintero de mi corazón las prosas más sinceras. Más mías. Más tuyas. Más oscuras. Más más. Intentar que cada gota cuente como un punto. Y seguido. Y no como un punto. Y final.

Que tu aliento me reanime por momentos. Que tus labios me insuflen vida. Que reanimen a este moribundo escribiente, sin tiempo presente que relatar. Porque soy Lázaro cuando me lees. Y me sé vivo cuando vuelves. Cuando me lees. Me relees. Porque no importa cuan muerto en vida esté... Sé que tras mis palabras amigas, no moriré.