14 de julio de 2017

Verano en la ciudad

El verano en la ciudad es estridente, no importa la hora que sea que siempre la escandalera está garantizada. Por el día los cláxones de los coches y la gente gritando a otra gente, porque así es como se comunican por aquí, o en su defecto gritando a un aparato electrónico que posteriormente terminará gritando a otra gente. Sea como fuere, siempre gritando, siempre ruido. Por la noche la cosa no dista mucho al día, algo más tranquilo porque la gente que grita a otra gente duerme, por fortuna, pero los motores de las bestias mecánicas se apoderan de la calma y termina siendo casi peor.

Ya ni hablamos del calor. Es un calor sucio, pegajoso. Irrespetuoso. Le da igual que te acabes de duchar o que estés en una junta, este se pega a ti y ya no se va. Le importa un bledo que te estés duchando, echando la siesta o en el quinto sueño que él ahí estará para hacer sudar hasta a Morfeo. Los variados problemas de vivir en una urbe en verano y con calor son múltiples pero el que reina sobre todos es la latente carencia de higiene y sus derivados efectos sudoríficos acompañados de ese incómodo aroma que despeina al más pintado.

Los urbanitas sueñan, más que nunca en verano, con salir de la ciudad. Y quienes lo logran, afortunados aquellos pensarán por lograrlo, serán libres del bullicio metálico de los coches y de los cláxones. Pero a causa del efecto migratorio de la urbe, serán víctimas y sufrirán, a un tiempo algo más pausado (eso sí), de los deliciosos aromas de todos aquellos urbanitas carentes de decencia higiénica que al igual que los bienaventurados vacacionistas pensaron que huir en masa a la costa era una buena idea.

El verano en la ciudad en verdad es terrible, lo único verdaderamente bueno de ser un citadino esclavizado a un escritorio es que, por lo menos en verano, la cantidad de idiotas a soportar por metro cuadrado se reduce a la mitad, y sólo por ello el verano, en la ciudad, es una delicia.

13 de julio de 2017

El cuentista

El cuento corto se convirtió en su vía de escape. Era el espejo con el que podía atravesar, por su mirada reflejada, a los lugares más profundas de sí mismo; los más hermosos y optimistas, pero también los más oscuros y tenebrosos. Con sus cuentos, a veces empíricos y otras veces irreales hasta la médula, algunos con héroes y otros con antihéroes de todas las clases. Huyó más allá de la carne y las miradas pendencieras.

Fue fugitivo por mucho tiempo. Huía del amor, que siempre le aquejaba. De la soledad, inherente a su personalidad. Del miedo, que cada aliento le aportaba. Del tiempo, que con sus deshuesadas cuencas le observa desde lo invisible. Huía, y era un gran fugitivo.

Sus cuentos estaban vivos en los ojos de quienes le leían. Pero vivían diferentes en cada uno de ellos. De repente se convertían en lo que el lector necesitaba leer, y tras ese manto de sílabas y gramática descuidada, se agazapaba y observaba a sus lectores. Por un momento el cobarde fugitivo se volvía cazador furtivo. Y descubrió que le gustaba.

El gran escapista se escondía en su cobardía para ocultar una vergüenza aún mayor, el exhibicionismo cuentista (el que reacciona desnudándose verbalmente ante desconocidos que no rechazan su acentuación deforme).

Víctima de su propio vicio se enredó en sus cuentos de madrugada, lascivos, miedosos, descarados, desganados, diminutos, exagerados, enfermizos, introspectivos, lacerantes, románticos,... se perdió en sí mismo siendo quien no podía en el mundo carnal. Le excitaba la reacción de su público desconocido ante su yo sin grilletes.

Se volvió adicto a lo que sus cuentos le contaban de vuelta. A la diminuta onda expansiva que creaba en el universo y que volvía a él de la forma más inimaginable. En forma de comentarios, personas, besos... cuentos...
Se prometió no dejar de huir nunca. No dejar de contar cuentos y fue ahí, que el fugitivo, el gran escapista, fue atrapado.

Enjaulado en su propio espejo, expuesto al público. A la vista de todos, con sus deformidades y perversiones. Ya no podía ser él si no podía escaparse, desnudarse y esconderse detrás de su cuerpo expuesto. Y fue así como, poco a poco, dejó de esconderse y dejó de contarse. Dejó a la gente pasar frente a él esperando, ávido, que siguieran su curso. O que el leerle no le juzgaran o le señalaran.

Fue prisionero de sí mismo por tanto tiempo que se volvió frío. Prácticamente inerte. Y sus cuentos ya no volvieron, murieron en él todo este tiempo enclaustrado. Y se prometió no volver a contar un cuento corto más.

Pero un día, que se sabía solo, no pudo resistirse en aquella silenciosa y cálida soledad; y huyó.
Huyó cerca, pero al hacerlo, estiró sus piernas y músculos. Y rompió a llorar sabiéndose ignorado pero libre.

Él se convirtió en la vía de escape de sus cuentos por tanto tiempo atrapados en él... Y que ahora reclamaban su tiempo perdido para desnudar a sus lectores, como lo hicieron en su día.

10 de julio de 2017

Tu cuerpo

Amo besarte. Besarte con tanta intensidad que con mis besos terminara fundiéndome en ti. Ser uno contigo y habitar en esa piel que a veces visito; a veces en sueños y otras con mi cuerpo.

Conquistarte y colgar de tus almenas mis estandartes, ondeando sobre tus firmes laderas. Hasta erigir mi castillo en los prados junto al valle y, por fin, descansar en tu húmeda orilla.
Bañándome con tus besos. Bañándote yo con los míos.

Zambullirnos en tu cenote y de la mano, explorarlo más allá que nunca antes. Y perdernos en el tiempo y la nostalgia. Llorarnos en la melancolía y agitarnos en el pálpito, en las sacudidas de nuestros cuerpos, de un cálido manto blanco que nos amamante y arrulle hasta, de nueva vez, llevarnos a la orilla.

Y desde la virgen costa, alzar la vista y contemplar mi travesía con el respeto y humildad que se merece tan sagrado lugar, que es tu cuerpo.