20 de febrero de 2015

El dilema de la gaviota

A Seagull

Corrían los tiempos terribles del Agosto. Calurosos días y frescas noches. La monotonía se había instaurado entre Ania y Robert. Trabajo en el día, insomnio en la noche. El insomnio les provocaba terribles peleas acompañadas de desesperantes horas de desolación y extraño sabor amargo a fracaso. Y por consecuencia, más insomnio. Un día, conscientes de su situación y de lo anómalo de sus trifurcas decidieron combatir a su invisible enemigo, culpable de sus desvelos.

Agarraron un puñado de mantas, las especias secretas de su escondite a la abuela Sabina y los papeles necesarios para tomar notas en el asunto. Sigilosamente subieron a la azotea. Robert rápidamente se instaló en una esquina refugiándose del frío viento del norte, e invitó a su lado a Ania. Ya tomando las especias y anotando la situación, miraron al cielo. La inmensidad del azul claroscuro de la Vía Láctea les amparaba. 
Haber subido a la azotea no había resultado lo más inteligente aquella noche, parecía una velada más propia del otoño que de un verano azotado por una ola de calor. Aún así decidieron en no desistir en el plan de boicotear su rutina.

Quemaron sus anotaciones y se perdieron en su humareda con la música de fondo en uno de sus teléfonos...

Pronto empezaron a reírse y a decir incoherencias. Dejaron atrás las terribles discusiones y se abrazaban mientras se doblaban de la risa. De repente paraban, se besaban, y seguían hablando, a veces de cosas serias, otras no tanto. Volvía a elevarse el humo y sus miradas se dilataban en él. Se perdían en las risas, en los chistes sin gracia, en sus abrazos para anular el frío.

Se tranquilizaron, respiraron aliviados. Después de mucho tiempo, descansaron. Se perdieron en la silenciosa paz de la tranquilidad. La quietud invadía su confort. Habían cerrado los ojos. Ania se recostaba sobre Robert, como intentando fundirse entre sí. De repente, un graznido horrible partió su quietud. Al sobresaltarse y abrir los ojos, se presentaba ante ellos una enorme gaviota.

Otro graznido los espantó nuevamente sin dar otra reacción más que la de abrazarse atónitos. La gaviota iba ataviada con un abrigo invernal y un gorro con forro de borrego. Su bufanda le sobresalía cada vez que acercaba su pico a Ania y Robert. Torcía su cabeza para observarlos, pensando quizás, que eran las cosas más raras que jamás hubiera visto.

Enseguida pensaron que era cosa de las anotaciones que habían quemado, si ciertamente era algo muy inusual, consideraron que era lo más coherente en todo aquello. La gaviota avanzó de forma patizamba hacia ellos. Sólo silencio en su transitar. Ania y Robert perplejos se decían uno al otro las hipotéticas intenciones del ave. A menos de un metro, la gaviota les graznó de forma espantosa. Y acto seguido dijo: “¿Qué miráis? ¿Nunca habéis visto una gaviota?”
Ania y Robert no daban crédito a lo que les estaba sucediendo. No sabían qué decir, así que la gaviota prosiguió: “¿No decís nada? Con menudo par de tontos me he ido a topar. Yo iba tranquilamente a mi casa hasta que vuestro humo me desorientó. Ahora ya no sé en donde estoy. ¿Sabríais decirme?”
En ese momento Ania pellizcó a Robert en el brazo para sacarle de su shock y que le diera una respuesta rápidamente. “Estás en Armenoc”.
La gaviota, al oír la respuesta, torna tanto la cabeza que pareciera que le fuera a dar la vuelta entera, como intentando darle a la respuesta otra perspectiva. Finalmente responde: “Me habéis desviado mucho. No deberíais quemar anotaciones a estas horas de la madrugada, es peligroso. Ya me voy, mi esposa debe de estar preocupada. Por cierto, abríguense, se avecina una ola de frío”.

La gaviota les dio la espalda, extendió sus enormes alas y alzó el vuelo con tanta fuerza que volaron por los aires las anotaciones, las especias de la abuela Sabina, y hasta Ania y Robert se azotaron. Cuando quisieron identificar a la gaviota en el cerúleo cielo nocturno sólo detectaron un punto fundiéndose con la inmensidad de la galaxia.

Ania y Robert estaban tan estupefactos que estallaron en risas, diciéndose que era lo más raro que les había pasado y que no tenían ropa de invierno para la advertencia de la gaviota. Tras la impresión suspiraron, se recostaron tapándose con la manta y mientras anotaban sus últimos pensamientos, se durmieron.

45 minutos.
1 gaviota con sombrero orejero, bufanda y abrigo.
0 bocetos.

Sobre este vídeo:
Título: A Penguin
Reparto: Fhil Navarro como sus manos
BSO: A Baboke de Yael Naim / Álbum: Yael Naim
Productora: Fhiliberto Films
Duración: 3:22
Año: 2014