31 de octubre de 2020

El viajero

Desde la ventana de mi casa veo cómo se extiende hasta un horizonte contaminado la vasta urbe de los aztecas. Llueve, un mes y medio lloviendo en agosto puede ser perturbador para un isleño, en verano y en una montaña de hormigón.

En estos días me da por pensar mucho. Porque de forma natural te arrebatan lo que siempre ha sido natural para uno mismo. No sé si me entendéis. A veces viajar es como el mito de Ícaro. Que no basta con llegar y conseguir volar, alto y lejos, sino que también tenemos que intentar alcanzar el sol, con las terribles consecuencias que ello conlleva.

Yo he viajado mucho, ¿saben? Pero sólo he sido viajero una vez. Háganme el favor de no confundírseme porque no es lo mismo viajar que ser viajero.

A un viajero le atavían siempre las lágrimas, los abrazos y la ilusión. El viajero es agridulce por naturaleza. Ser viajero no es apto para paladares delicados. A veces son tragos de azúcar, otros de arenas, y en muchas ocasiones el mezcal ayuda a que uno u otro pasen con extraordinaria facilidad.

Yo he sido viajero. Bueno, ahora mismo soy un viajero. Me acuerdo de mi primera despedida. Despedida de verdad. De esas de me voy y ya volveré. Como las de antes, como las buenas, que cuando aquellos volvían te llenaban de fascinantes anécdotas.

Mi primera despedida fue con mi madre y mi hermana pequeña, junto a un autobús que me llevaría al mar. Ambas lloraban. Como si me fuera a la guerra. Como si existiera la palpable posibilidad de que no me volvieran a ver…

No fue hasta que me subí al autobús y las perdí de vista por la ventana hasta que me cayó el veinte de la situación. Es una pena que la gente no se comporte así siempre. Aquella semana sentí el amor que le gustaría recibir a todos diariamente. Qué pena que sólo lo dan en ocasiones puntuales, son esos toques de atención que te dan para recordarte: "Eh, vuelve, que sino mira lo que te pierdes".
Uno se sube al avión y piensa: "No sabéis lo que os perdéis vosotros".

Hay veces que ser viajero es ser un marginado. Por lo general nunca es así, pero a veces pasa. A mí me pasó. Cuatro años y una sola visita. Ni padres, ni hermanas (bueno, sólo una de ellas), ni amigos… De verdad que eso te puede hacer sentir marginado. Solo. Y cuando digo solo me refiero a que no tienes el apoyo de la gente cercana, tu gente, que en lugar de decirte: "¡Hey! ¿Cómo estás?". Te dicen: "Hey, ¿cuando vuelves?". No es fácil. En especial, cuando ves a tus amigos, viajeros como tú también, que no paran de recibir visitas de sus amigos y familia.
No mi silencioso público. No es fácil.

Pero… Ahí es cuando uno se sabe viajero y, como un náufrago en una isla desierta, comienza a crearse un nuevo hogar. Y no es fácil, porque uno debe de sortear el racismo, que es para todos igual. Pero con los meses, uno empieza a integrarse en su nueva casa, conoce gente y a decir verdad mucha te decepciona. ¿Pero a quién no le han decepcionado de esa manera? Pasan los meses y todo obtiene un mejor color. Aunque siempre tienes la certeza de que el hueco que queda nunca se termina de llenar.

(Texto extraviado y rescatado del 2012)

Viajar

Viajar.
¿Alguna vez os habéis preguntado lo que realmente significa?La vida en sí misma es un viaje. Íres y venires, algunos largos, inmensamente largos, otros cortos, tan sumamente cortos, que los despreciamos sin considerarlos como tal.

Viajar es abandonarse.
Viajar es entregarse.
Uno abandona su vida implantada y se entrega a la semilla de su corazón.

Viajar, marchar, partir, volver. Verdaderamente uno nunca vuelve. Cuando decides irte, alejarte de todos, de cada una de las personas que sin darse cuenta te han alentado a alejarte de ellos. Es en ese preciso instante, en el que uno ya se ha ido.
Siempre he creído que el viaje inicia cuando uno ya ha tomado la decisión de irse. Es el viaje inicial de la imaginación y el sueño. Esperanza quizá. Sin embargo, es en muchos casos amargor para los que te rodean.

Viajar. ¿Qué demonios es viajar?
Os lo diré muy fácilmente. Es huir. Huir de la realidad cotidiana. De las responsabilidades. De tu pareja que te maniata. De tu jefe que te castra. De tus amigos que te limitan con sus miedos y tabúes. Es huir. Es querer y saberse libre para hacerlo.

Para nosotros, los viajeros, los que tenemos el corazón partido. Que somos como los niños, que no son capaces de escoger entre papá o mamá. Nómadas contemporáneos.
A veces pienso que nací en la época equivocada. Nuestros abuelos eran mucho más nómadas que nosotros, y probablemente los suyos más que ellos. Seguro que habían razones para ello: política, guerra, hambre, crisis. Espera. ¿Estoy hablando en tiempo pasado?

Para los viajeros un viaje es como un segmento, igual que en la primaria, de A hasta B. Nosotros, que por lo general vivimos con calderilla en los bolsillos, realizamos el viaje entre A y B sin ataduras. No es el destino nuestro viaje, sino lo que sucede en lo que llegamos a él. Puedo deciros que tanto A como B son mis casas. Si bien una es como la casa de mis padres y la otra como la casa de la playa. Lo enriquecedor, lo verdaderamente adictivo, es lo que pasa entre esos dos puntos, en la que la única diferencia con nuestra infancia es que nunca los une una línea recta.

(Texto extraviado y rescatado del 2012)