28 de febrero de 2020

Amar(te)

De pequeño nunca me enseñaron lo que era realmente el amor. Todo era una recompensa, siempre. El amor siempre traía una letra pequeña, una cláusula escondida, una fecha de contrato, un arma arrojadiza. Un cambalache con toneladas de maquillaje e ínfulas de desinteresado, palabras edulcoradas. Un bumerán que te atizaba en el cogote pidiendo la devolución de un gesto, un acto, una coartada, o en forma de puntal cuando fuera requerido.

El amor fue una moneda de cambio, un premio, un tabú, una lanza de Longinus, una lupa, era una señal de auxilio en una isla desierta. Es la galleta que pide este perro tras dar la pata aunque no la estén pidiendo.

Fue un estigma en el alma, señalado y humillado. Mostrarlo era debilidad. Y agachar la cabeza, demostrarlo.

Me inculcaron sin palabras la idea que el amor es mejor recibirlo, pero nunca me enseñaron a darlo. Confundí amor con consuelo. Malinterpreté amor con promesas de corazón. Comprendí el amor con favores.

Aprendí el amor demasiado tarde. Hice el amor por primera vez muy tarde. Y mis reflexiones sobre porqué amo como amo llegan también tarde.

Sé que lo aprendí mal, pero quiero desaprenderlo bien. Y limpio, volver a escribir sobre lo que es el amor. Porque si algo quiero es no creer que este amor que conozco es el único que tengo y que hay, sino saber que puedo amar mejor. 

Amar(te) mejor.

26 de febrero de 2020

Expectativa

El charco de agua turbia, refleja su rostro entre trazos de petrol iridiscentes. Y con altanería se observa, detrás de ese rostro, un desconocido familiar: él.

Se vende como un motor, un reactor, un generador... pero no dice que es sucio, que huele mal, que destruye el planeta: te destruye.

Se promete. Oro negro. Como cualquier futuro a su lado. 

Fue un éxito, hasta que el tiempo lo puso en su lugar. Entonces ya era tarde para corregir todas las decisiones tomadas, las apuestas echadas,... Todos ardieron en su negro fuego.

Ahora le devuelve la mirada a su iridiscente reflejo, y se observa con vergüenza. ¿Qué hará? Si lo piensa detenidamente aún puede hacer bien, pero tiene que empezar a hacer las cosas diferentes. Pero sobretodo, perdonarse, vivir con la culpa pero dejar a un lado el remordimiento. Y centrarse en lo que importa, cumplir con la expectativa y hacer justicia a su promesa.

24 de febrero de 2020

Repetición

La vida es una suma de situaciones. Las situaciones son la suma de acciones. Las acciones son la suma de todos los rasgos de la personalidad. Y la personalidad, se moldea con la suma de las repeticiones sobre una misma conducta. 

Y él estaba en una espiral desenfrenada de repeticiones con conductas equivocadas. 

Así como había aprendido a levantarse inmediatamente cuando se caía. Lo hacía porque así le habían hecho hacerlo desde siempre. Nunca se planteó (quizá por casualidad) no hacerlo igual y tal vez provocar el fin de las caídas. Tenía otras muchas tantas más repeticiones erróneas que gustaba repetirlas con amargo pesar. 

Y es que vivía en “Atrapado en el tiempo”, y tenía como copiloto a Phil. Siendo triste el caso que él no era el protagonista de su propia película, era simplemente... el figurante estrella. Un actor secundario en el biopic de su vida. Nunca tomaba las riendas. Nunca le daba un giro dramático a su trama. Tan solo repetía una y otra vez su papel. Solo variaba el rumbo cuando los figurantes secundarios hacían suyos los reflectores cuáles protagonistas usurpadores, obligándole a improvisar con torpe éxito.

Y para él eso estaba bien, nunca había repetido dos veces un pensar diferente. No entendía los beneficios de lo inesperado. 

Con el tiempo había aceptado, que aquello que tanto le molestaba también era parte de una repetición, y su carácter también se había hecho a ello. 

Aprendía por repeticiones a base de ausencia de dolor. 

Todo iba en perfecta armonía repetitiva, hasta que un nuevo figurante entró en escena. Un antagonista. Su antagonista. Su antihéroe, o mejor dicho, el héroe de la trama. 

Este figurante era errático, y ya solo por eso a todos les agradaba. Él les liberaba de la rutina diaria a los otros figurantes. Y poco a poco, en pocas repeticiones, fue volviéndose la figura protagonista de su película. 

Ya se hablaba de un cambio de guión sin contar con el figurante estrella. Amenazado, se dirigió hacia su antihéroe.
—Tú no tienes ninguna línea aquí, vete.— sentencia nuestro figurante estrella. 

El nuevo héroe, le mira. Sonríe y le dice:
—No tengas miedo al cambio. Desde aquí ya me encargo yo, será incómodo al principio pero en cuanto te acostumbres lo agradecerás. Es por nuestro bien. Esta película se cae a pedazos.— Mientras le pone los brazos sobre los hombros y sin ponerle resistencia, lo lleva hacia una esquina y lo sienta apoyándolo contra la pared. 

Sin comprender mucho, se acomoda y se termina dejando vencer por el sueño. 

La abrir los ojos, nada está como lo había conocido. “¿Cuánto tiempo he dormido?”, se pregunta. 

El elenco de su vida ha cambiado. Se levanta y se dirige al baño a aclararse la cara. Con el rostro empapado descubre que su antihéroe le devuelve la mirada reflejada en el espejo, le sonríe y le imita.

Dos pasos hacia atrás sobresaltado lo introducen en escena. Se oye un estruendoso estallido de aplausos mientras que un cañón de luz lo ilumina.

"Hemos hecho algunos cambios, no te asustes". Su antihéroe, le hablaba dentro de él. "No te preocupes, ahora estamos juntos en esto. Sólo déjate llevar, y vive como quieras. Entre los dos nos las arreglaremos".

"Ahora sí, eres la estrella, brilla".

22 de febrero de 2020

Depresión

El agua se le introduce en la boca en tragos amargos de sal buscando un aire que no alcanza a colarse. Sus brazos chapotean entre las olas intentando encontrar una calma, una estabilidad que no existe a su alrededor. Pasa más tiempo escupiendo agua que cazando oxígeno. Y al mismo tiempo, otra ola traicionera la sumerge nuevamente. Han pasado varios segundos hasta que ha podido volver a salir a flote. La sal se le mete en los ojos y apenas es capaz de abrirlos para ubicarse, pero lo intenta. El pelo tampoco ayuda; viene otra ola.

Vuelve a salir a la superficie, cada vez exhala más de lo que respira. En un descuido, el mar, le da el tiempo suficiente para ver el destello de un faro en la distancia. Quizá eso sea su única opción. En un instante una ola la levanta mostrándole una vista aérea de la costa para después, no soltarla, y arremeterla contra el agua. Contra la densa profundidad del mar. Contra el fondo del mismo. Rueda. Se ha lastimado, seguro que se ha lastimado. Como un instinto animal, posa los dos pies en un instante sobre el fondo marino y toma el impulso que le ayuda a ascender.

La luna se esconde tras el oleaje. Pero ella, no la luna, surge de entre las aguas, tosiendo, jadeando, exhalando. Comienza a nadar como puede. Ni siquiera sabe si está en la dirección correcta, pero no puede perder más tiempo pensando. Otra ola la embiste, la sumerge, la hunde, la aplasta contra el lecho marino de piedras, algas y esqueletos de moluscos.

Su cuerpo se ha quedado quieto sobre la arena. Se sacude bruscamente e intenta tomar impulso hacia la superficie. Pero ya se ha quedado sin fuerzas y asciende sin suficiente fuerza. Se detiene lentamente a medio camino. Su cuerpo se ha quedado suspendido. Levita entre dos mundos. Aún no se duerme, pero ya tampoco está despierta.

El mar, la sacude nuevamente. Consigue despertar, y sus únicas fuerzas las gasta en abrir los ojos. Una sombra la arrastra hacia el fondo, contra un lecho de algas. Aquí se acabó todo, no puede estar pensando otra cosa. Otra sacudida la vuelve a agitar, siente una presión en la muñeca. Mira con esfuerzo, está ascendiendo.

El reflejo de la luna se quiebra con dos cuerpos salpicando a su alrededor. Empieza a toser, a vomitar agua, y finalmente a jadear. Parece que el mar le ha dado una tregua. No es que ya no haya oleaje, simplemente y por el momento, el mar no intenta ahogarla.
Pero no está nadando, flota pero no nada. Por fin se ha percatado que no está sola. Voltea a su izquierda y descubre una silueta oscura que la sostiene. No es que sea un ser fantasmagórico ni nada de eso, es que la luna no la alumbra lo suficiente.

Se queda callada, mirando. Intentando descubrir algo de quién la mantuviera a flote. 

–Gracias".– Consigue decir finalmente.

–Tranquila, todo va a estar bien. Vamos hacia la costa. No sé si lo logremos, pero por lo menos sabes que no estás sola. Lo difícil empieza ahora.– Su voz se siente cansada pero firme.

Parece que el mar conoce sus planes, y da por finalizada la tregua. Desde el oscuro horizonte se escucha el rugir de una bestia que se aproxima.

–Vamos, juntos lo conseguiremos.– Sentencia la silueta.

Su afirmación le insufla fuerzas; empiezan a nadar.

20 de febrero de 2020

Nómada

La oscuridad se convierte a veces en una sala de cine. Clava los ojos en un punto muerto y escenas se proyectan desde ahí. Un mapa de momentos, situaciones y anécdotas empiezan a proyectarse en exclusiva para uno mismo.

Las sábanas frías enfrían aún más los dedos de los pies, e insensibles y rápidos se encuentran con los míos. Se enfrían juntos, hasta que tus pies te calman y se duermen junto a los míos. 

Voltea la mirada y otra más se muestra. Salta y continúa.

El estrés siempre nos sobrevuela como un zopilote hambriento. A veces te picotea a ti y otras a mí. Entonces cualquiera de los dos huye despavorido hacia los brazos del otro, y sobre su regazo nos sentamos y nos abrazamos, respiramos juntos y nos repetimos con complicidad: “Todo va a ir bien”.

Sin darse cuenta se ve convertido en un nómada de los recuerdos, ningún momento es eterno, pero todos se quedan guardados en la memoria, si son valiosos.

Nos gustan nuestros labios, a veces se nos agrietan por no usarlos lo suficiente. Pero en ocasiones, una mirada, una sonrisa y te planto un Spiderman. Despacio, tierno y algo más... con un final lento y cálido. Luego nos distanciamos y una sonrisa se queda. 

Saltando de uno a otro, tan solo guiado por su corazón. Parpadea, palpita, parpadea, y cambia.

El hambre es siempre una razón más que suficiente para ponernos a cocinar. Tú tienes más sazón y yo más pinche. Tú te paseas olfateando y llevando de aquí para allá los ingredientes, mientras que yo termino de cortar las verduras y continúo limpiando los trastes colocándolos de allí para acá. Entre tus idas y venidas, me descuido y me pellizcas de forma traviesa. Brinco y cuando me coloco nuevamente, me besas y me mordisqueas la nariz. Te ríes y vuelves a poner tu nariz en la cocina añadiendo una pizca de sal.

El nómada se desliza entre recuerdos, nunca a un tiempo fijo, a veces minutos y en otras ocasiones horas. Y mientras se escurre entre recuerdos y tiempo, sus ojos se van cerrando. Hasta que unas lágrimas nacen de sus ojos cerrándolos, surcando por sus mejillas y llevándolo a otros lugares igual de mágicos.

18 de febrero de 2020

Autosuficiente

Autosuficiencia

A la tercera arcada, se despertó. Era de madrugada, de las más frías que se recordaban. Él estaba sudando, las sábanas estaban empapadas y las mantas mojadas por la condensación. El cuarto eructo gutural le enderezó sobre la cama. Una bola sobre el corazón, después entre sus pulmones se iba deslizando sobre su esófago hacia la boca, era un peso en forma de ansiedad. La quinta arcada se lo llevó al piso, de rodillas y con sus manos postradas en el suelo. La bola hinchaba su garganta. Finalmente, casi dislocando su mandíbula, entre lágrimas, eructos profundos y respiración atragantada, vomitó sobre el piso de su habitación una bola amorfa en un charco de babas aún colgando de su boca, lágrimas y bilis.

La vio, por momentos borrosa por el esfuerzo, por momentos invisible entre la oscuridad. Una bola de cosas, una pequeña bestia dentro de él mismo, alimentada por los años de egoísmo, narcisismo, vanidad, de falsa autosuficiencia y sobretodo de ignorancia...

La bola empezó a estirar unos pequeños brazos hacia él, intentándolo agarrar. Como pretendiendo volver a él, a su padre. Asustado, el muchacho, saltó hacia atrás y empezó a recular hasta la pared. La bola, su hijo, empezó a posar las manos sobre el suelo y comenzó a arrastrarse hacia él, empezando a jadear por una boquita que cada vez se hacía más grande. El rastro de fluidos mostraba claramente que iba avanzando hacia él. Un pequeño ojo brillante se abrió mirándole fijamente, mientras avanzaba, mientras jadeaba.

Empezó a llorar aterrado. Las manos ya habían alcanzado a sus pies y en poco tiempo ya estaba trepado sobre él, jadeante, babeante, dirigiéndose hacia su lugar de origen. El chico estaba totalmente paralizado, aterrado, desencajado y llorando sin parar de forma muda...

Su bola, ya estaba sobre su pecho, y sus manitas ya acariciaban su barbilla. Mirando la bola, a un palmo de distancia de su boca, se vio inmerso en el momento más oscuro de su vida; un hilo de aire agónico brotaba de su boca. En ese momento las manos de esa cosa ya estaban abriendo su boca hacia los extremos. En ese instante, de aquel tenue hilo de aire surgió, al fin una palabra: "Ayuda". Y entre intensas lágrimas volvió a repetir, en esta ocasión con más fuerza: "¡Ayuda!".

La bola ya se estaba empezando a meter en su boca cuando unos pasos apresurados entraron en la estancia y encendieron la luz. En ese preciso momento, la bola se deshizo sobre él, y empezó a llorar desconsoladamente.
Los mismos pasos apresurados se acercaron a él, y lo abrazó. Puso su cabeza sobre su pecho y empezó a calmarlo acariciando su pelo, y con total tranquilidad y dulzura le dijo: "¿Por qué te has tardado tanto?".