20 de febrero de 2007

Despertares

La luz se fragmenta por los huecos de la persiana proyectándose en el cuerpo de Al. Se sienta desnudo a los pies de la cama, y enciende el radiador a sus pies para templar el cuerpo, es la tercera noche en que no siente nada al despertar, sólo vacío. Entre pensamientos se queda embobado viendo como la luz le quema la piel y se toca para sentir lo que realmente cree ver. Un suspiro da pie a la iniciativa y se dirige al baño, cierra la ventana del patio interior para tener una ahumada intimidad y se ducha. Con dos toallas se seca el pelo y el cuerpo, y se mira en el espejo: esas ojeras ya no se irán. Sale, se viste y coge de la despensa un par de bollos y se marcha. En la calle el invierno ha causado estragos a la naturaleza y los árboles están desnudos contra el frío. Al cruzar la calle una gitane del Este le pide algo para comer, Al le da sus bollos. Sigue su dirección sin pausa, ya forma parte de la energía de la ciudad, de la presión agitada a punto de estallar, de la masa informe voluble y volátil. Tras un recorrido de miradas intimidadoras e instigadoras finalmente pulsa el timbre. Un le abre la puerta. Baja las escaleras, abre la puerta y con tono plano y exento de carácter grita los buenos días. Cuelga su chaqueta y se sienta en su oficina.