9 de enero de 2011

La fábula del erudito y el sabio

Hace ya mucho, no se sabe el tiempo ni el lugar, andaba extraviado un famoso erudito por una tierra hostil e inerte donde las lenguas se confundían. El erudito, que no era uno de esos a la violeta sino uno de verdad, estaba agotado de tanto divagar, y es que le costaba reconocer cómo alguien con su sapiencia se había extraviado. Tras mucho caminar, a la distancia y entre el ondeante calor vio una silueta sentada a la sombra del único porche del lugar y se lanzó sobre él como si de un oasis se tratara. Cuando llegó a la figura era un tipo de edad avanzada, mas no era viejo. Apoyó su mano sobre la pared para recuperar el aliento de la carrera, poco a poco. Lo saludó y empezó a contar su historia a la expectante figura. Cuando hubo acabado, diez minutos después, el tipo reveló que no había entendido ni la mitad. Pues el erudito no se percató que estaba donde se confundían las lenguas. La figura, no obstante, le ofreció posada y lo invitó a cenar. Pasaron la noche hablándose con signos y haciendo ruidos, el erudito intentando fascinarlo con su conocimiento de las ciencias sin mucho éxito, y el extraño le hablaba con gestos sin mucha dificultad sobre el clima del día siguiente y la razón del qué de todo lo que contaba. Y así siguieron hasta que salió el sol. El ermitaño, sonriente, le regaló un burro y con torpeza le dijo al erudito: “¿Para qué todo lo que sabes si luego no puedes compartirlo con un desconocido?”. El erudito se asombró de lo rápido que el tipo había aprendido a pronunciar esas palabras, poco después pensó en la frase. Agachó la cabeza, mostró gratitud y marchó en silencio.

Y así fue como mucho después se habló de cómo un haraposo lugareño de la nada, ignorante para todos, defendió que la sabiduría no estaba en los pergaminos ni en las bibliotecas, sino en la vida de cada uno.