26 de mayo de 2007

Contractura

Los músculos se amontonan presionándose los unos a los otros. La fricción los inflama fundiéndolos en uno. Cualquier movimiento hace que el bombeo se descontrole. El compasado movimiento se torna rígido por instantes y atenuado por el hábito, suave. La parálisis se aúna, y por magia se congela el tiempo, se detienen los movimientos, se bloquean los demás sentidos. Sólo queda la sensación perenne de inmovilidad. El romper la calma para continuar, para no abandonar y sentirse perdedor en su propio cuerpo, se convierte en una orquesta desacompasada y aliviante. Justo retorna, siente el ir de la sangre en sus arterias y venas, enseguida vuelve. Justo para volver a aumentar la presión y sentir como son más los músculos que se unen a la fricción desenfrenada. Justo para recordar que también él puede sentir. Y entre sentimientos se encuentra inmóvil ante el mundo, descompasado en su ritmo, inferior al frenesí de su cuerpo.