Vecinos
Al cerrar la puerta del piso, oyó cómo sonaba otra en el rellano, anunciando que alguien iba a cruzarse con él. Intentó acelerar el ritmo, su torpeza se lo impidió. De repente se sintió sorprendido por una voz, que lo hizo encogerse de hombros, como si no se lo esperara.
—¡Hombre, Don Enrique! ¿Cómo está? —gritó desde el otro lado un tipo joven—. Por cierto, ¿cómo ve ahora en casa con más luz?
Don Enrique, inmóvil por un momento, suspiró al reconocer al muchacho.
—Hola, Toño. Creía que eras otra persona —terminó respondiendo con una sonrisa—. ¿Cómo estás? ¿Ya te vas al trabajo?
—Sí. Como cada día, a la hora de siempre, hasta que me toque la lotería —respondió Antonio con una pequeña carcajada—. ¿Y usted? No le veo cargado como otras veces. ¿Se va a ver a los nietos hoy?
—Voy al banco a pagar la luz, que si no luego eso es un lío. Ya luego al bar. A tomar el café con esa gente —dijo con tranquilidad.
—Claro que sí. El día está muy bonito —asintió mirando hacia la ventana.
Antonio ya había recorrido los metros que los separaban. Estrecharon las manos y se dieron un ligero abrazo. Don Enrique le terminó dando una palmada en la espalda. Lo miró a los ojos y se separaron.
—No te confíes. Las rodillas me dicen que aún se podría arrugar —dijo mientras se sobaba el hombro—. Mejor llévate el paraguas, que luego siempre terminas empapado.
—Esperemos que no —le respondió sonriendo—. Que hoy me toca hacer turno doble.
Antonio miró el reloj con detenimiento, calculando los minutos. Subió la mirada a Don Enrique, con su abrigo marrón bajo el brazo y su boina a cuadros puesta.
—Oiga, ya me tengo que ir que si no salgo ya… No llego a tiempo al trabajo. Y ya sabe cómo se ponen —dijo apurado mientras miraba nuevamente el reloj.
—Sí, claro. Corre. Vete. Vete —le daba luz verde para su salida—. Que luego pasa lo de siempre.
—Ya ve. Bueno, váyase con cuidado —le terminó diciendo ya poniéndose en marcha con las prisas encima.
Don Enrique se quedó quieto junto a su puerta, observando cómo Antonio se iba alejando hacia el ascensor.
—Toño —le alcanzó a decir, mientras ya esperaba que bajara el elevador.
—¿Qué sucede, Don Enrique? —preguntó con curiosidad.
—¿Te puedo pedir algo? —respondió con otra pregunta.
—Por supuesto que sí.
—A ver cuando puedes pasar por casa y me cambias unas bombillas —dijo con cara serena.
—¿Ya se le fundieron otra vez? —le dijo mirándolo con extrañeza.
Las puertas del ascensor se abrieron frente al muchacho. Este agachó la mirada. Entró en la cabina. Y alzó la vista para ver a Don Enrique.
—El martes vuelvo a pasar, no se preocupe —le dijo con el rostro tranquilo mientras las puertas se cerraban.
