17 de agosto de 2026

Mil razones

Llevo semanas con esta canción incrustada en el cráneo. Ya la conocía, no es nueva para mi pero no sé. Volvió y se ha quedado. Y es curioso porque se habita distinta, desde un lugar cercano. Distante pero familiar. Y pues nada, compartiendo emociones incrustadas. Por cierto: Me encanta esta parte.

 

14 de agosto de 2026

Vecinos

Al cerrar la puerta del piso, oyó cómo sonaba otra en el rellano, anunciando que alguien iba a cruzarse con él. Intentó acelerar el ritmo, su torpeza se lo impidió. De repente se sintió sorprendido por una voz, que lo hizo encogerse de hombros, como si no se lo esperara.

—¡Hombre, Don Enrique! ¿Cómo está? —gritó desde el otro lado un tipo joven—. Por cierto, ¿cómo ve ahora en casa con más luz?

Don Enrique, inmóvil por un momento, suspiró al reconocer al muchacho.
—Hola, Toño. Creía que eras otra persona —terminó respondiendo con una sonrisa—. ¿Cómo estás? ¿Ya te vas al trabajo?
—Sí. Como cada día, a la hora de siempre, hasta que me toque la lotería —respondió Antonio con una pequeña carcajada—. ¿Y usted? No le veo cargado como otras veces. ¿Se va a ver a los nietos hoy?
—Voy al banco a pagar la luz, que si no luego eso es un lío. Ya luego al bar. A tomar el café con esa gente —dijo con tranquilidad.
—Claro que sí. El día está muy bonito —asintió mirando hacia la ventana.

Antonio ya había recorrido los metros que los separaban. Estrecharon las manos y se dieron un ligero abrazo. Don Enrique le terminó dando una palmada en la espalda. Lo miró a los ojos y se separaron.

—No te confíes. Las rodillas me dicen que aún se podría arrugar —dijo mientras se sobaba el hombro—. Mejor llévate el paraguas, que luego siempre terminas empapado.
—Esperemos que no —le respondió sonriendo—. Que hoy me toca hacer turno doble.

Antonio miró el reloj con detenimiento, calculando los minutos. Subió la mirada a Don Enrique, con su abrigo marrón bajo el brazo y su boina a cuadros puesta.

—Oiga, ya me tengo que ir que si no salgo ya… No llego a tiempo al trabajo. Y ya sabe cómo se ponen —dijo apurado mientras miraba nuevamente el reloj.
—Sí, claro. Corre. Vete. Vete —le daba luz verde para su salida—. Que luego pasa lo de siempre.
—Ya ve. Bueno, váyase con cuidado —le terminó diciendo ya poniéndose en marcha con las prisas encima.

Don Enrique se quedó quieto junto a su puerta, observando cómo Antonio se iba alejando hacia el ascensor.

—Toño —le alcanzó a decir, mientras ya esperaba que bajara el elevador.
—¿Qué sucede, Don Enrique? —preguntó con curiosidad.
—¿Te puedo pedir algo? —respondió con otra pregunta.
—Por supuesto que sí.
—A ver cuando puedes pasar por casa y me cambias unas bombillas —dijo con cara serena.
—¿Ya se le fundieron otra vez? —le dijo mirándolo con extrañeza.

Las puertas del ascensor se abrieron frente al muchacho. Este agachó la mirada. Entró en la cabina. Y alzó la vista para ver a Don Enrique.

—El martes vuelvo a pasar, no se preocupe —le dijo con el rostro tranquilo mientras las puertas se cerraban.

11 de julio de 2026

Si mañana no despertara II

Lee el prólogo aquí.

Si mañana no despertara, el universo no lo notaría. ¿Cómo notar el silencio de una sola voz de las incontables que lo hostigan pidiéndole favores? Las arenas del tiempo seguirán cayendo; la vida y la muerte seguirán danzando en su aparente coreografía infinita. Si mañana no despertara, una parte de mí sentiría alivio. Porque quince años después de escribir sobre lo mismo, sí pesa. La juventud, que antes me habitaba a borbotones, ahora se calmó. Las guerras que luché en el campo de batalla que no es otro que la vida me han llenado de cicatrices, algunas aún duelen en las noches más frías y solitarias. Sin embargo, si mañana no despertara, no cambiaría nada de lo que fue y ha sido mi vida. Quién sería yo si borrara los caminos que me han hecho ser quien soy. Los tropiezos y aciertos. Confiar en la gente equivocada, pero también en la indicada. Si mañana no despertara, haría todo lo posible por abrir al menos un ojo. Descubrí que después del momento más desesperado y oscuro, llega la más brillante luz, aunque a veces cueste alcanzarla.

Si mañana no despertara... Haría todo lo posible por despertar... Y si supiera que no despertaré, lucharé por no dormirme. 

Pero si mañana no despertara, me dolería no volver a hablar contigo. No volver a oír tu risa otra vez. No volver a verte soñar. Sueños nunca imposibles. Agradecería a todas y cada una de las almas que se encontraron con la mía, ya sea abrazándola, amándola, hiriéndola, traicionándola o sanándola. Ya entendí que este era mi viaje. Si mañana no despertara, quiero que sepas que te perdono: da igual lo que hicieses, te perdono. Ahora sé que yo también amé, fallé, lastimé, traicioné, abracé... y aunque nunca supe cuánto de ello fue consciente y qué tanto inconsciente, nunca hubo maldad; y está bien si tú no me perdonas.

Si mañana despertara, aprovecharía cada minuto de aliento que me quede. Viviré mediante las lecciones de mis experiencias. Resignificaré mi vida, la reinventaré, y el “nunca es tarde” se volverá mi estandarte; porque los años perdidos solo lo serán si no los miras, no los abrazas y no aceptas que aquello solo era la incómoda brújula que necesitabas. Volveré a hablar a los viejos amigos, que me recibirán o me rechazarán, y buscaré nuevos amigos, que me recibirán o me rechazarán. No hay aciertos sin fracasos y no existe fracaso sin acierto, esa idea es un faro de esperanza.

Si mañana no despertara estaría tranquilo porque he logrado ser una persona íntegra. Que ha intentado ser su mejor versión, y si mi intento se queda en el camino, me habré ido de la mejor manera: intentándolo.

Si mañana no despertara echaría mucho de menos vivir, aunque no sepa qué hacer con mi vida. Porque sé que mi razón de vivir no es otra que vivir dentro de las infinitas posibilidades que hay de hacerlo.

Pero si mañana no despertara, por favor, despiértame (aún no he acabado aquí).