12 de enero de 2015

8 de diciembre de 2014

Diciembre triste

Diciembre siempre ha sido un mes difícil para mi desde hace muchos años... Y es en estas semanas donde las fibras del yo que soy se tornan quebradizas, frágiles, débiles. Hoy me acordé de ti. Y de ti. Y de ti también. Me acordé de las sonrisas, los planes, las promesas, la vida que nos guió hacia donde no teníamos planteado. Quizá ande extremadamente sensible en el día de hoy, pensativo. Puede que sea la ciudad. O la espiral incesante de cambios continuados sin fin. No lo sé, sólo tengo claro que te extrañé. Por primera vez en mucho tiempo me dejé caer en tu recuerdo, y es un lugar tan bonito que duele de más si me excedo en él.

Me imagino como hubieran sido las cosas si el destino no hubiera jugado con nosotros. Si no hubiera puesto tiempo y distancia entre el último beso, el último abrazo, el último hasta luego que nos dimos. Hoy me siento como aquella mañana en la que desperté con una llamada de pérdida, desconcertado, acongojado, enojado. Me siento molesto por no saber o haber podido descifrar todos los posibles de mi vida, y así poder zanjar todas las cuestiones estúpidas que invaden mi mente, pero eso le restaría sal a una vida (ya de por sí demasiado sosa).

La verdad es que hoy me siento triste. No es una tristeza amarga, no. Es una tristeza que no quieres compartir, no porque pueda producir vergüenza mostrarla, o pueda ser contagiosa (que podría serlo, nunca hice la prueba), sino que es una tristeza triste, de voltear y saber que hay una parte de tu vida que ha terminado, de un capítulo que se acaba y que no habrán más de esos, que las cosas que pudieron ser ya no serán como pensaste que se podrían llegar a dar. Pero esto no es un triste y amargo final de capítulo. Es simplemente un final triste, porque todos aquellos “posibles” se lo merecen, es mi deuda para con ellos. Porque todas esas variables virtuales me sostuvieron sobre el vacío y me llevaron a aventuras que jamás creí vivir. Es triste, mucho, como cualquier final de un gran libro. Y es simplemente triste, y nada más, porque los capítulos que le siguen son más que los que han pasado.

Hoy sólo pasé por aquí para recordarte en mi memoria. Para recordarte que puede que yo me haya ido, o quizás seas tú quien ya no esté (da igual), pero me acuerdo de ti y será muy difícil que caigas en el terrible vacío de mi nada.

Sé que de alguna forma, no sé cual, llegarás a leer esto:
Quiero que sepas que yo te recuerdo.

22 de agosto de 2014

Volver a ver

Y se cansó de mirar con los ojos que le habían dicho que tenía que hacerlo. Y en ese momento, recordó quién era, porqué hacía lo que hacía o porqué era como era. Se cansó de que nada tuviera sentido porque los demás no lo entendían. 

Así fue que recuperó su mirada, sus ojos perdidos en la tristeza y la curiosidad de los ojos que miran más allá de loscomún, de lo ordinario, y a veces hasta incluso de lo extraordinario.

El mundo se define por los ojos con que lo mires.

Rumberto, un saltamontes concreto y coqueto. 

La sonrisa de los vecinos que no se miran.

3 de junio de 2014

El libro

Había un libro dentro de él. Sabía de él e incluso de su historia. Pero ignoraba los matices, los suspensos, los ascensos, los descensos,...

En varias ocasiones había intentado contárselo al mundo, hacer saber que en él rugen la poesía más intensa y la más vibrante prosa. Que tras su gélido silencio y su racional proceder latía en él una obra maestra de la literatura del hombre. Pero a la hora de hacerlo, las palabras huían de sus dedos, de sus labios. La prosa se convertía en tosca y la poesía arrítmica y desmedida. Las hazañas en simples anécdotas y lo trascendental en un simple acontecimiento. Y así, fruto del desaliento decidió involuntariamente y sin darse cuenta dejar de intentar de escribir su gran libro.

A veces las páginas en blanco de un libro no están de más. 

Un día, mucho después de sus sueños de escritor, sin pensarlo recordó su anhelo por transcribir su gran libro. Y fue entonces que empezó a listar, nuevamente, los acontecimientos, personajes, historias en segundo plano, (...), de su libro. Y fue en ese momento, en ese mismo instante ni antes ni después, donde su gran libro le habló (por primera y última vez) e hizo saber que hay libros que no se deben contar sino que se han de vivir, y el suyo era uno de esos. Su vida se había convertido en la mejor de las historias cuando decidió vivir en lugar de anotar y enlistar los hitos de su gran historia a contar. 

Y lo entendió. Y llegó a ser un gran libro que sólo unos pocos supieron leer, sólo aquellos quienes no juzgaron la cubierta o simplemente no les asustó los riesgos que la trama proponía. Sus palabras eran, en definitiva, pura vida.