8 de noviembre de 2017

Spain loves Catalonia

Spain loves Catalonia

Tiene poco más de un mes que hice esta imagen. Un poco por gritar lo que la sociedad no me deja decir, o por lo menos no crea el entorno adecuado para hacerlo, y otro tanto para expresar una sensación que es muy general pero no conviene difundir. 
No pienso politizar este blog, sálvese quien pueda si no, eso sería faltarle el respeto a este santuario y faltártelo a ti mi querido lector. No voy a hablar de política, a ti te interesa mis palabras, torpes y a veces mal escritas.

Yo creía que para estas alturas, o me veía exiliado o ya respiraríamos tranquilos y al final ni una cosa ni la otra. Incertidumbre. 

Unos pocos han hecho un ocho con la sociedad, y como siempre lo hemos vuelto a permitir. Ahora sólo queda el amargo sabor del rencor entre unos y otros. Y un agujero en nuestros bolsillos que no sabemos qué consecuencias nos vayan a traer. 

Y todo para que al final, esta inocente ilustración refleje más que nunca la situación actual. Y eso es tanto bueno como malo. Hay quien la vea con los ojos con los que la hice y simplemente vean eso. Pero habrá quien piense que sí, pero a la fuerza, por eso lo abraza, como la madre que regaña al hijo arguyendo “Es por tu bien”...
Todo para decir que no importa qué digan de unos y de otros, porque al final: Spain loves Catalonia, y lo sabes. Y Catalonia también ama a Spain, sólo que se avergüenza y no sabe como reconocerlo. 

Acabaré soltando algo así como... Al final del día no importa el color de la bandera, ni de quien nos gobierne, al final del día sólo queremos llegar a casa e intentar hacer algo de nuestras vidas mientras naufragamos entre las facturas y las emociones para ser felices en el ínter.

15 de septiembre de 2017

Papatman!

Yo no soy mucho de meterme con la iglesia, pese a que tengo mi opinión al respecto... En fin, el caso es que el otro día me hice eco del desafortunado y gracioso error de una reportera que al preguntar si la visita del pontífice a Colombia la iba a realizar en el "Batimóvil". No cabe mencionar que las redes sociales aprovecharon la oportunidad y bueno, yo no podía desaprovecharla tampoco.

Os dejo con Francisco Wayne, el vigilante de Vaticano City.



Sobre este vídeo:
Título: Papatman!!
Reparto: Francisco I como Francisco Wayne/Papatman!!
Productora: Fhiliberto Films
Duración: 0:41
Año: 2017

29 de agosto de 2017


Otros ojos, mismo recuerdo...

23 de agosto de 2017

Espectáculo de lava y rugido.

16 de agosto de 2017

¿Recuerdas?


Ahogado en el mood.

14 de julio de 2017

Verano en la ciudad

El verano en la ciudad es estridente, no importa la hora que sea que siempre la escandalera está garantizada. Por el día los cláxones de los coches y la gente gritando a otra gente, porque así es como se comunican por aquí, o en su defecto gritando a un aparato electrónico que posteriormente terminará gritando a otra gente. Sea como fuere, siempre gritando, siempre ruido. Por la noche la cosa no dista mucho al día, algo más tranquilo porque la gente que grita a otra gente duerme, por fortuna, pero los motores de las bestias mecánicas se apoderan de la calma y termina siendo casi peor.

Ya ni hablamos del calor. Es un calor sucio, pegajoso. Irrespetuoso. Le da igual que te acabes de duchar o que estés en una junta, este se pega a ti y ya no se va. Le importa un bledo que te estés duchando, echando la siesta o en el quinto sueño que él ahí estará para hacer sudar hasta a Morfeo. Los variados problemas de vivir en una urbe en verano y con calor son múltiples pero el que reina sobre todos es la latente carencia de higiene y sus derivados efectos sudoríficos acompañados de ese incómodo aroma que despeina al más pintado.

Los urbanitas sueñan, más que nunca en verano, con salir de la ciudad. Y quienes lo logran, afortunados aquellos pensarán por lograrlo, serán libres del bullicio metálico de los coches y de los cláxones. Pero a causa del efecto migratorio de la urbe, serán víctimas y sufrirán, a un tiempo algo más pausado (eso sí), de los deliciosos aromas de todos aquellos urbanitas carentes de decencia higiénica que al igual que los bienaventurados vacacionistas pensaron que huir en masa a la costa era una buena idea.

El verano en la ciudad en verdad es terrible, lo único verdaderamente bueno de ser un citadino esclavizado a un escritorio es que, por lo menos en verano, la cantidad de idiotas a soportar por metro cuadrado se reduce a la mitad, y sólo por ello el verano, en la ciudad, es una delicia.

13 de julio de 2017

El cuentista

El cuento corto se convirtió en su vía de escape. Era el espejo con el que podía atravesar, por su mirada reflejada, a los lugares más profundas de sí mismo; los más hermosos y optimistas, pero también los más oscuros y tenebrosos. Con sus cuentos, a veces empíricos y otras veces irreales hasta la médula, algunos con héroes y otros con antihéroes de todas las clases. Huyó más allá de la carne y las miradas pendencieras.

Fue fugitivo por mucho tiempo. Huía del amor, que siempre le aquejaba. De la soledad, inherente a su personalidad. Del miedo, que cada aliento le aportaba. Del tiempo, que con sus deshuesadas cuencas le observa desde lo invisible. Huía, y era un gran fugitivo.

Sus cuentos estaban vivos en los ojos de quienes le leían. Pero vivían diferentes en cada uno de ellos. De repente se convertían en lo que el lector necesitaba leer, y tras ese manto de sílabas y gramática descuidada, se agazapaba y observaba a sus lectores. Por un momento el cobarde fugitivo se volvía cazador furtivo. Y descubrió que le gustaba.

El gran escapista se escondía en su cobardía para ocultar una vergüenza aún mayor, el exhibicionismo cuentista (el que reacciona desnudándose verbalmente ante desconocidos que no rechazan su acentuación deforme).

Víctima de su propio vicio se enredó en sus cuentos de madrugada, lascivos, miedosos, descarados, desganados, diminutos, exagerados, enfermizos, introspectivos, lacerantes, románticos,... se perdió en sí mismo siendo quien no podía en el mundo carnal. Le excitaba la reacción de su público desconocido ante su yo sin grilletes.

Se volvió adicto a lo que sus cuentos le contaban de vuelta. A la diminuta onda expansiva que creaba en el universo y que volvía a él de la forma más inimaginable. En forma de comentarios, personas, besos... cuentos...
Se prometió no dejar de huir nunca. No dejar de contar cuentos y fue ahí, que el fugitivo, el gran escapista, fue atrapado.

Enjaulado en su propio espejo, expuesto al público. A la vista de todos, con sus deformidades y perversiones. Ya no podía ser él si no podía escaparse, desnudarse y esconderse detrás de su cuerpo expuesto. Y fue así como, poco a poco, dejó de esconderse y dejó de contarse. Dejó a la gente pasar frente a él esperando, ávido, que siguieran su curso. O que el leerle no le juzgaran o le señalaran.

Fue prisionero de sí mismo por tanto tiempo que se volvió frío. Prácticamente inerte. Y sus cuentos ya no volvieron, murieron en él todo este tiempo enclaustrado. Y se prometió no volver a contar un cuento corto más.

Pero un día, que se sabía solo, no pudo resistirse en aquella silenciosa y cálida soledad; y huyó.
Huyó cerca, pero al hacerlo, estiró sus piernas y músculos. Y rompió a llorar sabiéndose ignorado pero libre.

Él se convirtió en la vía de escape de sus cuentos por tanto tiempo atrapados en él... Y que ahora reclamaban su tiempo perdido para desnudar a sus lectores, como lo hicieron en su día.