11 de mayo de 2009

No Data

Hacía dos semanas que le habían robado su cámara, andaba como loco; inquieto las veinticuatro horas del día. Miraba convulso todas las cosas intentando memorizarlas de alguna manera. Pero aquello le martirizaba. Debía pensar constantemente en no olvidar esa o aquella foto que no tomaba porque no tenía la cámara que lo liberara de esa preocupación. La de olvidar de dónde viene. Para los amigos de Rogelio aquello era una tortura burguesa. Muchos le restaban importancia a la situación. “Es sólo una cámara Rogelio”. “No seas tan materialista”. Y en realidad no era materialismo lo que padecía. Pues pocos entienden lo que para Rogelio era su cámara. Con ella atrapaba su historia. Él nunca imprimió sus fotos y siempre esperaba a que su memoria estuviese llena para vaciarla en su computadora. Nunca revisaba las fotos después de guardarlas. Para él, su fotografía era el momento en el que cuando ya hubo encuadrado y disparaba, se revelaba automáticamente en una miniatura de LCD impregnando la escena en su retina en tan sólo cinco segundos y después se destruía, no literalmente sino en la relevancia para Rogelio. Su foto, su postal se transfería a su recuerdo, el recuerdo de haberla tomado, de haber hecho suyo y en exclusiva ese recuerdo. Era capaz de detener el tiempo cinco segundos. Cinco segundos, los que le ganaba al cruel tiempo que le arrebata insaciable y constantemente sus recuerdos más íntimos, los más preciados…
La pregunta que al final de las dos semanas todos se hacían era: ¿Porqué no se compra otra?
Y la respuesta, conociendo ya a Rogelio, era sencilla. La cámara fue un presente de un pasado, ya olvidado o más bien perdido…