13 de abril de 2007

Textos olvidados (no publicados)

amores perros

La fricción es cada vez más intensa. La fuerza del deseo provoca fuertes arremetidas. Incesante. Poco nos diferencia del resto del mundo. El calor se hace más persistente. Y de repente; frío.

Mi exhalación eclosiona en un hedor animal indistinguible. Su pelo inspira al olor del amor de calle. De las noches a la intemperie. Mi cuerpo, su cuerpo; apestaban de forma natural. No podía ser de otra manera.

Cuando nuestros morros se encontraban con un mordisco, volvían a mí escenas con otras perras con las que antes estuve. Siempre el mismo sabor, su pelaje cambiaba, pero todas eran iguales, salvo ésta; que era la última.

Ella jadeaba, yo jadeaba. Y no aullaba de placer, sólo ladraba. Igual que yo, y después bufaba; igual que yo. Aún así y a pesar de los ruidos callejeros que nos envolvían en aquel lugar, la unión no cesaba de eclosionar. Hasta que aullé, y luego grité al unísono con un golpe seco.

La luz no te dejaba distinguir muy bien su pelaje, me pareció ver que era pardo. Yo estaba encima de ella. Alguna que otra vez surge un espontáneo que se nos queda mirando un rato y luego se va.
Yo no quería parar, ni ella que yo lo hiciera. Pero un hijo de puta sí, que con mala cara me lanzó una lata de cerveza, lastimándome en la cabeza y haciéndome huir a cuatro patas, mientras él a lo lejos me ladraba.

Yo sólo quería estar con ella, y formar una familia. Como las veces anteriores. Pero al parecer no tengo el visto bueno de sus amos. ¿Qué sabrán ellos del amor?

9 de abril de 2007

lisboa

melodías

Ta tata tararará tatá…

Mientras, cierra los ojos.

El viejo gramófono en un rincón de la salita, escondido por la vergüenza de actuar en público, se esconde. Su timidez no apacigua sus sentimientos de inundar los corazones de la gente con sus melodías. Suaves, dulces, evanescentes. Duras, rígidas, quebradas. Algunas veces rotas, otras, mimosas. Su do de pecho es ya viejo y no puede impedir hacer brotar su carácter añejo, sabio y sencillo. En el aire se puede respirar el olor de otras épocas, de otras ideas, de otros sentimientos. Y evocan a recordar otras edades que otros no han vivido. Huele a madera y la salita con la luz de la media tarde es un centro de paz y armonía, un equilibrio dentro del caos.

Abre los ojos suavemente y los vuelve a cerrar.

A él no le importa no parar de tocar canciones y ritmos. Es más, se siente feliz, se siente útil. Aunque sabe que eso no será para siempre. Ahora es feliz. La luz que discretamente le otorga más protagonismo hace más acogedora la estancia, ya no le da vergüenza, una vez ha empezado no le importa continuar. A veces su tono de voz resulta un poco quebradiza, recuerda su edad pero no es una molestia.

Tumtum tum turururuu…

Vuelve abrir los ojos para clavarlos en el viejo tocadiscos. Éste le devuelve la mirada en forma de melodías, le dibuja castillos en el aire, parques verdes con niños y tirachinas, mujeres exóticas de países que jamás pudo visitar, galaxias donde las estrellas nadan con los océanos y soles jugando al escondite, le enseña los mundos de las hadas en que creía de pequeño y en los animales con plumas de mil colores que morían cada vez que los mirabas y reaparecían cuando volvías a despertar cada mañana. Le regaló sus sueños, por que él sin saberlo le había regalado los suyos.

El anciano le sonrió. Y Berliner también.

La melodía continuó hasta llegar a la última nota. En ese momento el bracito que le chivaba las notas se rompió. Él continuó con los ojos cerrados y las manos reposadas. El silencio sólo se rompió por el cíclico y callado girar del disco.

7 de abril de 2007

Maestitia

En una tierra gélida, donde los témpanos se habían edificado ya sus propios feudos y el blanco colmaba las más altas copas de los árboles, se encuentra en su centro un vasto territorio en el que tan sólo habita la soledad. En ella peregrinan las almas que un día perdieron algo sin razón, huidiza a su entendimiento. Las pisadas de los peregrinos se las lleva el viento del olvido, y su recuerdo mueren con cinceles sobre la piedra del cementerio. Es la parte del mapa que a los niños no se les enseña en su aprendizaje, no por que fuera triste su existencia o temieran la facilidad con que los niños se retan. No se les enseñaba por que no conciben justo que los niños entiendan un concepto tan amargo siendo aún niños. Se trata de la tierra blanca, la tierra sin nombre, así la denominan los críos. Entre los adultos la llaman Maestitia.

Maestitia, es un desierto blanco. Es curioso como algo que se encuentra en lo más profundo de un escarchado país pueda albergar un desierto de arena blanca, que además es cálida. Los estudiosos culpan a esa virtud la razón por la cual sus habitantes migran hacia ella.

Nunca se supo qué sucedía allí y mucho menos qué le ocurría a quien se adentraba en aquel lugar. Hasta que un día, alguien lo hizo y volvió. Lamentablemente, no para contarlo.

Años atrás, cuando se comenzó a hablar del desierto blanco, del desierto de Maestitia. Hubo un joven, Féleon, hijo de un herrero de oficio arraigado en su familia que encontrándose en una de las tabernas del poblado con su carpeta abierta y una mina de carbón sobre un montón de papeles, y cuando se acordaba le daba un sorbo a la cerveza. Que un día, estando en ese mismo lugar y con la cerveza aún fresca, su monotonía fue interrumpida por una muchacha de tez morena y de cabello rizado azabache. Enseguida dilucidó que no era de los alrededores. Le pidió compartir mesa, la taberna estaba en uno de esos días en que sin razón se llenaba, y éste no fue capaz de darle una negativa. Lo que se dijeran se desconoce, pero de ahí nació una relación algo más que amistosa entre los dos.

No fue un secreto para el pueblo sus aventuras, a pesar de que su amor estaba vetado, pues los dos pertenecían a dos tierras diferentes y no se habían presentado formalmente las casas de sus padres. Aún así y consecuentes, furtivos se veían y se fundían. Y así fue durante un tiempo. Pasados los meses una mañana apareció frente a él, y secante le dijo que se acabó, que ya no habrían más fugas ni aventuras en las alcobas. Féleon desconcertado empezó a preguntarla y después a preguntarse. Ella se desvaneció entre las sombras que una vez les cobijaron, y el desconcertado entró en un estado de in animación. La gente no tardó en enterarse, mucho menos tardó en encontrar las razones en otro hombre. Inevitablemente Féleon también se hizo eco de los rumores y se convirtió en un ser primario, deambulaba cumpliendo sus funciones pero sin un ápice de humanidad, sentía el frío más que nunca y sentía el vacío más que la propia nada. Y fue así como un día, algo más abrigado de lo usual partió hacia Maestitia.

La distancia que separa el poblado del desierto blanco, es de unas dos semanas.
En su camino el blanco se hacía más intenso. No hizo paradas para dormir tan sólo para ingerir algo de alimento y proseguir su viaje. Estaba ciego por seguir avanzando, sólo pensaba en avanzar, avanzar y avanzar. Avanzar para terminar cuanto antes con el vacío de su interior, con el dolor que le recorre las venas de su cuerpo. Avanzar para destruir un dolor que sabe que no es físico, y sin embargo le consume el alma. Avanzó sin cesar, y fue consciente de quienes le rodeaban en todo momento, supo de asaltadores, mercenarios, de otros con su mismo destino que sin embargo no entablaban diálogo. Es un peregrinaje solitario.

Supo que había llegado cuando comenzó a despojarse de sus ropas. Y fue cuando se descalzó, que sintió cómo el calor de la blanca arena le invadía el corazón, y suspiró aliviado por unos instantes. Invadido de nuevo por el desconsuelo, se fue introduciendo en el vasto territorio, sabía que no estaba sólo pero no lograba divisar a nadie.

Continuó avanzando en línea recta hasta que se topó con una silueta. Cuando la alcanzó no dio crédito a sus ojos, era ella. Ella la misma que se fundió entre las sombras, ahora resaltaba sobre la luz, expuesta y exhibida ante todo. No dio tiempo a mediar palabra cuando un susurro sutil como el viento le contó la razón. Él la miró, y ella se le abalanzó cargada de vida otra vez. Cayeron sobre la duna y se besaron. Féleon, reanimado, la apartó. Y con mirada de duda y ojos lagrimosos la muchacha observó como él daba media vuelta y recorría el camino andado.

El muchacho logró volver a su pueblo, y a las pocas semanas y a causa de la penetrante luz del desierto se quedó ciego y condenado con la misma imagen blanca por haber marchado de allí. Hoy se lo conoce como el anciano blanco, y mora por los alrededores de Maestitia intentando revelar a los peregrinos afligidos los peligros que corren al caminar por las sendas del desconsuelo, y en un intento ahogado de salvarse a sí mismo.

16 de marzo de 2007

no se pueden perseguir estrellas fugaces
Es como una estrella fugaz. Por un instante cruza el cielo, te deslumbra y te hace olvidar todo cuanto hay a tu alrededor. Cuando en su travesía rasgó tu cielo, te queda la cicatriz en tu retina, no comprenderás por qué se fue ni por qué vino. Con el tiempo comprenderás que hay dos clases de estrellas; las fugaces, efímeras en su paso. Y las invisibles; las que están ahí aunque no reparemos en ellas, siempre están para guiarnos.

Las fugaces te enamorarán por su temeridad e imparable rumbo, y será el capricho de muchos por unos instantes. Por otra parte también son las más intensas y mortíferas. Son un destino con fecha de caducidad.
Habrá quienes vivan de momentos evocados a la muerte y otros, en cambio, se pararán a apreciar aquellas otras luces. Luces ya muertas, las cuales aún brillan en la memoria, y que siempre podremos acudir a ellas. Déjate de luces que se disipan.

9 de marzo de 2007

los restos de un viaje

28 de febrero de 2007

36 horas