16 de agosto de 2010
15 de agosto de 2010
El experimento
Hizo el experimento:
Sacó la mano por la ventana y soltó la pluma. Grácil, se mantuvo en el aire pareciendo que caía al principio hacia un final predecible, y al pronto se alzó, se elevó y avanzó. La observó esperando que cayera inerte sobre el suelo de la calle o hasta que alguien le diera por manotearla. Pero no fue así, siguió su nueva libertad, llegó a la esquina y la volteó desapareciendo de su memoria.
Se quedó pensativo. El experimento le daba la razón. Los pájaros no podían volar, eran las plumas quienes volaban. Ahora se preguntaba, ¿cómo iba a dar a conocer la noticia al mundo?
Sacó la mano por la ventana y soltó la pluma. Grácil, se mantuvo en el aire pareciendo que caía al principio hacia un final predecible, y al pronto se alzó, se elevó y avanzó. La observó esperando que cayera inerte sobre el suelo de la calle o hasta que alguien le diera por manotearla. Pero no fue así, siguió su nueva libertad, llegó a la esquina y la volteó desapareciendo de su memoria.
Se quedó pensativo. El experimento le daba la razón. Los pájaros no podían volar, eran las plumas quienes volaban. Ahora se preguntaba, ¿cómo iba a dar a conocer la noticia al mundo?
de
Fhil Navarro
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11 de agosto de 2010
10 de agosto de 2010
Huele a nuevo
Las páginas se abrieron ante él. Y antes de que empezara a leer lo que en ellas había, el olor, se apoderó del recuerdo. Se encontraba frente a un libro de último curso de primaria. Tenía doce años. Por aquel entonces la segunda jornada de escuela empezaba a las tres de la tarde, se hacía sentir el bochorno de mediados de septiembre. La hora de la siesta. Las persianas estaban semicerradas y todos en el aula en silencio, casi sepulcral, haciendo la lectura. Era el primer día de clase. Los libros estaban recién forrados y de fondo se oía como alguien jugaba con las burbujas de torpeza de algún padre. El aula había sido invadida por ese olor que a muchos no les gusta, y que en cambio a él le fascinaba, era ese olor a nuevo que se apoderó de todas las tardes de su infancia. Cada nueva lección venía precedida con el aroma del conocimiento. Con el tiempo se gestó en él la idea de que ésa era la verdadera esencia del saber. Y ni las peleas, ni palizas, ni tan siquiera castigos o los miedos de no tener la tarea realizada le podían arrebatar esa sensación placentera.
Un golpe suave pero certero en la nuca lo volvió en sí, abstrayéndolo de su recuerdo. Era ella, con su clásica introducción a su beso. “¡Despistado! Te veo a la noche”, y ella, tal como vino, se fue, cerrando la puerta con suavidad.
Por un instante se perdió en su vacío particular, y enseguida, impulsado se centró en las hojas que tenía en frente dispuesto a sumergirse en aquellas páginas que esperaba que reposaran algún saber desconocido. Cuando se quiso dar cuenta, las páginas que tenía frente a él, se encontraban todas en blanco. Estaba frente a una lección a la que jamás se hubiera imaginado enfrentar…
Un golpe suave pero certero en la nuca lo volvió en sí, abstrayéndolo de su recuerdo. Era ella, con su clásica introducción a su beso. “¡Despistado! Te veo a la noche”, y ella, tal como vino, se fue, cerrando la puerta con suavidad.
Por un instante se perdió en su vacío particular, y enseguida, impulsado se centró en las hojas que tenía en frente dispuesto a sumergirse en aquellas páginas que esperaba que reposaran algún saber desconocido. Cuando se quiso dar cuenta, las páginas que tenía frente a él, se encontraban todas en blanco. Estaba frente a una lección a la que jamás se hubiera imaginado enfrentar…
de
Fhil Navarro
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1 de agosto de 2010
¿Hacia dónde vamos?
Exhausto de la batalla, cansado, torna sobre sus propios pasos en un manto de melancolía. Pues sabe que hoy asesinó al futuro por proteger al pasado. Hoy se pregunta si su sacrificio sirvió de algo.
Con esta imagen y texto que ayuda a contextualizar un poco, participaré en una exposición colectiva en el Seattle Center en EEUU allá por Noviembre de este año. Espero que cuando tenga fotos del evento en sí las pueda subir. Por el momento la ilustración ya va de camino para allá.
Hacía cosa de unos tres meses que no ilustraba y ya empezaba a preocuparme, por suerte
me surgió la oportunidad con esta organizadora, que por cierto se llama "La muerte ilustrada", y no la quise dejar escapar. No fue fácil hacer una ilustración sobre el bicentenario mexicano sin centrarse en su historia negra (de antes que les conquistaran los españoles, debo añadir). Pero creo que supe llevarlo a buen puerto después de todo, os invito a la reflexión a todos aquellos que celebran su aniversario doscientos, y decidáis hacia dónde vamos...
Con esta imagen y texto que ayuda a contextualizar un poco, participaré en una exposición colectiva en el Seattle Center en EEUU allá por Noviembre de este año. Espero que cuando tenga fotos del evento en sí las pueda subir. Por el momento la ilustración ya va de camino para allá.
Hacía cosa de unos tres meses que no ilustraba y ya empezaba a preocuparme, por suerte
me surgió la oportunidad con esta organizadora, que por cierto se llama "La muerte ilustrada", y no la quise dejar escapar. No fue fácil hacer una ilustración sobre el bicentenario mexicano sin centrarse en su historia negra (de antes que les conquistaran los españoles, debo añadir). Pero creo que supe llevarlo a buen puerto después de todo, os invito a la reflexión a todos aquellos que celebran su aniversario doscientos, y decidáis hacia dónde vamos...
de
Fhil Navarro
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26 de julio de 2010
La ciudad en llamas
Desde lo lejos era como un manto rojo ondeando sobre aquel mar de vapor que transpiraba la tierra yerma. Almenas invisibles, de casi imperceptible arquitectura salvo por una capa borrosa que danzaba por encima de la superficie delatando, o quizá burlando como espejismo, a tales vigías. Al cruzar los lindes del desierto, el calor me ahogó los pulmones y la cara me comenzó a arder mientras mis ojos empezaron a soltar lágrimas que hirviendo me crearon los surcos de mi vejez, esta que ahora ves. Me hubiera deshecho de mis ropajes pero el viento del desierto me obligaba a cubrirme de los agresivos granos de arena. No mentiré si le digo que sentí miedo… Tardé un rato en adaptarme a aquellos huracanes de arena sobre mis ojos, pero me di cuenta con el paso del tiempo que jamás después de aquel día me volví a sentir ciego, ni de la vista ni de corazón.
Avancé a tientas en un principio, dejando que mis manos fueran mis ojos; y mis ojos veían que todo ardía. Topé contra una pared, ardiente, rugosa y ruda en apariencia pero suave al tacto como si alguien se encargara de pulir cada milímetro de los edificios. Con torpeza llegué a lo que debía de ser una calle estrecha, lo sentí porque ya no había viento y pude empezar a ver el reino de Rojo, polvóreo desierto que se suspendía y recorría toda la ciudad; y mis pies comenzaban a arder siendo consumido por la arena. Empecé a avanzar observando los altos edificios que terminaban coronados en flamas rojas y me hacían sentir insignificante…
Los letreros estaban escritos en un lenguaje desconocido para mí, rígidos y humeantes de metálico vapor, como recién forjados por Hefesto. Me di cuenta que todos éramos aquel manto rojo ondeando en el desierto. Pronto me encontré con gente del lugar. En la ciudad en llamas, así decidí nombrarla a falta de un nombre mejor, me di cuenta que no habían huellas en el suelo; tan sólo las mías. Sus habitantes habían aprendido a levitar, ninguno avanzaba a la manera que yo lo hacía. Y todos surcaban con fluidez sobre el suelo. Habían aprendido a volar a través de ropajes rojizos oscuros que aprovechaban del vapor que emanaba la tierra. Y así conseguían avanzar sin maltratarse. Todos eran de una tez muy negra, casi parecían ángeles negros, que cualquier temeroso creyente los hubiera confundido con el ejército de Lucifer. Poco más pude observar de ellos, sus vestimentas que les permitía avanzar de la forma en lo que lo hacían les cubría por completo.
El polvo rojo entintaba el blanco de los ojos y todo se convertía en rojos, y el negro el único contraste. Era un pueblo tranquilo. Nadie se atrevió jamás a invadirlo, pues quienes milenios atrás osó en hacerlo cayó preso bajo las llamas rojas del candente polvo, o bien bajo las espadas de sus sigilosos habitantes. Nunca me supieron decir el porqué del horroroso calor, ni de la extraña naturaleza del polvo rojo, pues argüían que nunca les había dañado y que con saberlo no iban ni debían cambiar la naturaleza de las cosas.
Me dieron posada y descanso durante tres días, y cuando me hube recuperado. Me llevaron “volando” hacia los límites de la ciudad y con una cantimplora de agua ardiendo y las instrucciones de regreso al mundo al que pertenecía, se despidieron. Se arrodillaron y apoyando su oído en mi vientre, me desearon buenaventura.
Seguido alzaron levemente su cuerpo del suelo y empezaron a alejarse sin voltear atrás, y yo, solo, di el primer paso. El golpe de aire ardiendo me supo a brisa de verano y comencé a avanzar hacia donde me habían instruido. Y poco a poco, alejándome, fue quedando atrás aquella ciudad en llamas. Que se había convertido en espejismo; y dos días después en ilusión de mi mente….
Avancé a tientas en un principio, dejando que mis manos fueran mis ojos; y mis ojos veían que todo ardía. Topé contra una pared, ardiente, rugosa y ruda en apariencia pero suave al tacto como si alguien se encargara de pulir cada milímetro de los edificios. Con torpeza llegué a lo que debía de ser una calle estrecha, lo sentí porque ya no había viento y pude empezar a ver el reino de Rojo, polvóreo desierto que se suspendía y recorría toda la ciudad; y mis pies comenzaban a arder siendo consumido por la arena. Empecé a avanzar observando los altos edificios que terminaban coronados en flamas rojas y me hacían sentir insignificante…
Los letreros estaban escritos en un lenguaje desconocido para mí, rígidos y humeantes de metálico vapor, como recién forjados por Hefesto. Me di cuenta que todos éramos aquel manto rojo ondeando en el desierto. Pronto me encontré con gente del lugar. En la ciudad en llamas, así decidí nombrarla a falta de un nombre mejor, me di cuenta que no habían huellas en el suelo; tan sólo las mías. Sus habitantes habían aprendido a levitar, ninguno avanzaba a la manera que yo lo hacía. Y todos surcaban con fluidez sobre el suelo. Habían aprendido a volar a través de ropajes rojizos oscuros que aprovechaban del vapor que emanaba la tierra. Y así conseguían avanzar sin maltratarse. Todos eran de una tez muy negra, casi parecían ángeles negros, que cualquier temeroso creyente los hubiera confundido con el ejército de Lucifer. Poco más pude observar de ellos, sus vestimentas que les permitía avanzar de la forma en lo que lo hacían les cubría por completo.
El polvo rojo entintaba el blanco de los ojos y todo se convertía en rojos, y el negro el único contraste. Era un pueblo tranquilo. Nadie se atrevió jamás a invadirlo, pues quienes milenios atrás osó en hacerlo cayó preso bajo las llamas rojas del candente polvo, o bien bajo las espadas de sus sigilosos habitantes. Nunca me supieron decir el porqué del horroroso calor, ni de la extraña naturaleza del polvo rojo, pues argüían que nunca les había dañado y que con saberlo no iban ni debían cambiar la naturaleza de las cosas.
Me dieron posada y descanso durante tres días, y cuando me hube recuperado. Me llevaron “volando” hacia los límites de la ciudad y con una cantimplora de agua ardiendo y las instrucciones de regreso al mundo al que pertenecía, se despidieron. Se arrodillaron y apoyando su oído en mi vientre, me desearon buenaventura.
Seguido alzaron levemente su cuerpo del suelo y empezaron a alejarse sin voltear atrás, y yo, solo, di el primer paso. El golpe de aire ardiendo me supo a brisa de verano y comencé a avanzar hacia donde me habían instruido. Y poco a poco, alejándome, fue quedando atrás aquella ciudad en llamas. Que se había convertido en espejismo; y dos días después en ilusión de mi mente….
de
Fhil Navarro
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25 de julio de 2010
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