1 de mayo de 2012
22 de marzo de 2012
Un canto de armonía
A veces uno se asombra al mirar atrás y al mirar enfrente. Y se asombra más aún cuando la mirada tarda en llegar de un punto al otro. Han pasado muchos años desde que trabajo con Liefde AC, la asociación que lucha por los derechos de la mujer en México y cuando pueden por América Latina. Siempre o casi siempre ha sido un trabajo altruista, saben pagar de otras formas que a veces cae mejor que el dinero. Por mi parte me dan la oportunidad de hacer lo que yo quiera (siempre hablando y corrigiendo, y un proceso, claro está). Y vaya que si se agradece esa libertad.
Esta ilustración será la portada de un libro de décimas jarochas (poesía veracruzana) cantadas a la mujer. La idea era/es alejarnos de juzgar y nos centramos en presentar la idea: que finalmente la mujer se termine de transformar en la sociedad, y lo hacemos con lo que tenemos y podemos, a través de las y los decimistas que colaboran en libro. Buscamos la metamorfosis, terminar lo que se lleva ya mucho tiempo se inició.
Luego evidentemente hay alusiones cromáticas a la feminidad, glifos mayas, instrumentos evocadores, etc.
Seguramente pronto volveré a la carga con Liefde (todo dirigido por la comadre y la no-me-gusta-que-me-llames-jefa, Lilia).
Espero que os guste la ilustración. Aunque no está pensada para gustar, sino para hacer pensar.
de
Fhil Navarro
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28 de febrero de 2012
Gloria cenicienta
Muchedumbre hueca a mi alrededor. Miradas inertes. El gris impera en sus ojos, en su piel, en su ropa, en sus palabras. Comisuras rígidas con ligeras grietas de inútiles intentos de sonrisa. Son un manto ceniciento sobre la ciudad, que la adormece al inhalarlos. Asfixia. Todo se contamina por osmosis. Estamos condenados. La ciudad es ya tan fría como los corazones inertes que lo habitan. Corazones cuyos latidos sólo impulsan las putrefactas cenizas de la vida que hace tiempo atrás fueron.
de
Fhil Navarro
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20 de febrero de 2012
Nacer
Los movimientos antinaturales. Las manos represoras. El frío.
Apretaba los puños con toda la ira con la que un ser de semejante tamaño e indefenso podía hacerlo. La cuerda, su seguro, no estaba funcionando y su destierro era inminente e irreversible. Al sentir su pie. El hecho de sentirlo, le estremeció. Fue por ello que sacando fuerzas de flaqueza, intentó en balde resistir ante aquel enemigo imbatible. Las manos que lo amarraban, le dañaban. Sufría por primera vez, le hacían daño. Y agarrándose desesperado a cualquier cosa que hubiera a su alrededor, se resistía. Sin embargo, no había nada que hacer. Sus extremidades empezaban a destemplarse. El pánico le tenía invadido, estaba a punto de verse desterrado de su hogar.
Finalmente, exhausto, cedió, se dio por vencido. Abrigado por el inhóspito frío, empezó a notar como le ardían los pulmones. Los ojos se le resecaban rápidamente y por ello se vio obligado a cerrarlos dejándole ciego. Agitando inútilmente contra el viento sus puños para defenderse de su agresor. No articulaba ningún ruido ni palabra. No sabía dónde se encontraba ni mucho menos cómo reaccionar.
De repente, siendo consciente de golpe, estalló en llanto. Sintió el dolor. Sintió el frío. Sintió que sentía. Y fue entonces que se dio cuenta de que acaba de nacer. No podía hacer otra cosa más que llorar, llorar y llorar. Su llanto desgarrado nadie lo podía calmar por más que lo intentaran.
Sabía que tarde o temprano iba a morir inevitablemente.
de
Fhil Navarro
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4 de febrero de 2012
Leonora o la cebolla que no llora
A Leonora le gustaba jugar al escondite en el bosque, siempre a finales de otoño, mientras las agonizantes hojas de los árboles caían a tiempos desincronizados, inertes. Disfrutaba perdiéndose entre los sonidos de sus pisadas a la vez que éstas se confundían con el de su falda, al tiempo en que se adentraba con tenacidad en la caduca espesura. Por lo general ya tenía elegidos aquellos escondites que le satisfacían más, no obstante aquel día quería probar con algo, nuevo, que se traía en mente. Se había cansado de encaramarse a las ramas de los árboles, de acurrucarse junto a las piedras o dentro de los troncos huecos y vencidos invadidos por el musgo. Por ello, se adentró más de lo usual en el bosque, lo suficiente para tener el tiempo justo de prepararse y esconderse.
Dejó de crujir y miró a su alrededor, luego al horizonte para confirmar que no estaba cerca de ningún linde del bosque. Se sonrió. Se agachó. Acto seguido las hojas comenzaron a volar y con sus manos empezó a escarbar un ancho agujero; ensuciándose.
El sol iniciaba su descenso. Una voz que le pareció lejana, la alertó. Rápidamente y sin pensarlo demasiado comenzó a esconderse. Sonreía con picardía. Poco a poco fueron sonándose numerosas pisadas que se confundían con sus faldas. Se alejaron llevándose consigo el nombre de... Leonora se sentía orgullosa de su ingenio, y no podía borrar una abierta sonrisa de su cara.
La tarde sucumbía y los truenos se hacían notar en la tierra.
A las cebollas no les gusta el agua. Es por ello que siempre que se avecinan nubes de tormenta salen corriendo como almas que las lleva el diablo en busca de un lugar donde guarecerse y si se alcanzan a mojar emiten un chillido mientras que con la pena que conlleva se ponen a llorar.
Leonora ya había perdido la esperanza de verse descubierta, y con cierto desencanto, como aquel del criminal que busca en el fondo ser encontrado por su perseguidor, empezaba a prepararse para salir de su gran escondite.
Fue justo en ese momento, y no antes ni después que un chillido polifónico cruzó entre los árboles llegando hasta ella. Entonces se alarmó. Se apresuró para salir de su escondite. Pero fue en balde. El chillido la había alcanzado. Le cayó tanta agua encima que la tierra se humedeció y le resultó fácil salir, sin embargo no lloraba. En ese mismo instante un golpe fuerte la sacó de su perfecto escondite y la hizo rodar por el suelo. Al enderzarse, otro baño le caía encima, alzó su mirada y se quedó pálida.
Veía a sus hermanas empapadas, amontonadas dentro de una red, llorando sobre ella. La enorme pierna del gigante al pasar por su lado hizo que su falda se levantara mostrando todas las vergüenzas traslúcidas, a lo que ella reaccionó dando sus mejores esfuerzos para evitarlo. Cuando se hubo calmado el vendaval ya llovía, como nunca antes, y Leonora no fue capaz ni de correr ni de llorar tan siquiera una sola lágrima. Sólo se quedó ahí, pasmada, viéndolas alejarse, guardándose para sí otro tipo de lágrimas.
Así fue como Leonora se convirtió en la primera de las muchas cebollas que ya no llorarían, pero que sin embargo, sí compartirían su llanto con cualquiera que les volviera a infligir cualquier daño.
Dejó de crujir y miró a su alrededor, luego al horizonte para confirmar que no estaba cerca de ningún linde del bosque. Se sonrió. Se agachó. Acto seguido las hojas comenzaron a volar y con sus manos empezó a escarbar un ancho agujero; ensuciándose.
El sol iniciaba su descenso. Una voz que le pareció lejana, la alertó. Rápidamente y sin pensarlo demasiado comenzó a esconderse. Sonreía con picardía. Poco a poco fueron sonándose numerosas pisadas que se confundían con sus faldas. Se alejaron llevándose consigo el nombre de... Leonora se sentía orgullosa de su ingenio, y no podía borrar una abierta sonrisa de su cara.
La tarde sucumbía y los truenos se hacían notar en la tierra.
A las cebollas no les gusta el agua. Es por ello que siempre que se avecinan nubes de tormenta salen corriendo como almas que las lleva el diablo en busca de un lugar donde guarecerse y si se alcanzan a mojar emiten un chillido mientras que con la pena que conlleva se ponen a llorar.
Leonora ya había perdido la esperanza de verse descubierta, y con cierto desencanto, como aquel del criminal que busca en el fondo ser encontrado por su perseguidor, empezaba a prepararse para salir de su gran escondite.
Fue justo en ese momento, y no antes ni después que un chillido polifónico cruzó entre los árboles llegando hasta ella. Entonces se alarmó. Se apresuró para salir de su escondite. Pero fue en balde. El chillido la había alcanzado. Le cayó tanta agua encima que la tierra se humedeció y le resultó fácil salir, sin embargo no lloraba. En ese mismo instante un golpe fuerte la sacó de su perfecto escondite y la hizo rodar por el suelo. Al enderzarse, otro baño le caía encima, alzó su mirada y se quedó pálida.
Veía a sus hermanas empapadas, amontonadas dentro de una red, llorando sobre ella. La enorme pierna del gigante al pasar por su lado hizo que su falda se levantara mostrando todas las vergüenzas traslúcidas, a lo que ella reaccionó dando sus mejores esfuerzos para evitarlo. Cuando se hubo calmado el vendaval ya llovía, como nunca antes, y Leonora no fue capaz ni de correr ni de llorar tan siquiera una sola lágrima. Sólo se quedó ahí, pasmada, viéndolas alejarse, guardándose para sí otro tipo de lágrimas.
Así fue como Leonora se convirtió en la primera de las muchas cebollas que ya no llorarían, pero que sin embargo, sí compartirían su llanto con cualquiera que les volviera a infligir cualquier daño.
de
Fhil Navarro
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12 de enero de 2012
Dunas
El sol calcinaba sus oscuros cabellos, mientras el viento, le disparaba con malicia diminutas rocas grisáceas. Inútilmente alzaba su mano para proteger su mirada ya la vez que levantaba la vista para descubrir decenas de montañas andantes que lo arrastraban a su paso. Sus pies eran devorados por las arenas, cocidos a cada paso. Las gaviotas, como buitres, sobrevolaban su cabeza deseando pescar su pescuezo. Las gotas de sudor se deslizaban, como rápidos por la orografía de su rostro, precipitándolas a la inevitable evaporación. El oxidado jadeo sólo era acompasado por un silbido arenoso y su crujiente masticar de arena. La ropa comenzaba a adherírsele a la piel, por lo que en un ademán, ya harto, se empezó a desprender de su ropaje. La camisa cayó pesada. Las botas, desnudando sus pies, cayeron pesadas cada una de forma diferente liberando a su arena custodia. Las montañas, ahora descalzado, eran de inestable fuego sólido. Siguiendo con sus torpes pisadas continuó arrancándose la piel, la que le era posible. Sólo sus pantalones se convirtieron en la evidencia más duradera de su rastro. Por último, su ropa interior se desprendió de su cuerpo con pesadez. Su piel comenzaba a convertirse, gracias al sudor, en arena. Su cabello oscuro, ahora ya rígido y blanquecino, junto con toda su piel, no era más ya que una mancha borrosa que se se desplazaba con ineptitud e incoherencia entre los gigantes de arena que lo tenían doblegado a su voluntad.
Finalmente logró escalar y alcanzar la cresta de una de las montañas, se enderezó con sus tributos al aire y apretando los puños. Clavando su mirada sobre las mastodónticas criaturas, y más allá, el mar. Sus ojos marrones, contorneados por arenosas grietas, se abrieron tanto que las derrumbaron. El corazón comenzó a bombear con tanta pasión que granos de arena salían despedidos de su pecho. Con una risa asfixiada se lanzó cresta abajo hacia ese mar vislumbrado. A grandes zancadas comenzó a descender, dejando tras de sí erráticas huellas, con el afán de avanzar aún a mayor velocidad empezó a dar zancadas más amplias. Estelas microscópicas de arena que alguna vez fueron cósmicas quedaban por momentos en suspensión, concediéndolas un estado de ingravidez momentáneo. El poético descenso se vio truncado por el cansancio. Trastabilló. Trastabilló cayendo de frente. Acelerado, no hubo forma de parar. Rodó, saltó, cayó, voló, botó, rebotó y tras repetir la serie varias veces más, se estampó contra una arenosa planicie. Magullado y aturdido, con la visión dañada por la arena y tosiendo, en parte por la misma razón, se encontraba sometido ante los gigantes.
Alzó la mirada, enturbiada, y con intuición de su tacto definió unos pies desconocidos ante él. Arrodillado, y apoyándose con las manos, sintió como lo sujetaban del pelo con firmeza y lo elevaban. Con sus manos palpó las piernas de su espectador, eran de arena. Lo miró.
Exhausto se desvanecieron las fuerzas y empezó a caer con lentitud. Cayó pesado, y al tocar el suelo, se empezó a resquebrajar todo su cuerpo, hasta que se deshizo y se unió a la arena, formando ya parte de ella. Sintiéndose uno.
Alzó la mirada, enturbiada, y con intuición de su tacto definió unos pies desconocidos ante él. Arrodillado, y apoyándose con las manos, sintió como lo sujetaban del pelo con firmeza y lo elevaban. Con sus manos palpó las piernas de su espectador, eran de arena. Lo miró.
Exhausto se desvanecieron las fuerzas y empezó a caer con lentitud. Cayó pesado, y al tocar el suelo, se empezó a resquebrajar todo su cuerpo, hasta que se deshizo y se unió a la arena, formando ya parte de ella. Sintiéndose uno.
de
Fhil Navarro
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10 de enero de 2012
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