Melancólica etapa cubana
A estas alturas, el Averno y Virgilio me importan muy poco. Camina conmigo.
Microcuento 2
El olor a caramelo, recordaba a algo dulce, como la melaza. Los abuelos guardaban una sonrisa pícara ante Ella. Luego oía un “me la llevo”. Y poco después se reía y contagiaba su risa a los niños mientras se deshacía en sus bocas.
de
Fhil Navarro
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Microcuento
Empujó el cuerpo dentro del maletero como pudo, y cerró el capó de un golpe. O eso intentaba olvidar cuando la linterna le cegaba. Al cabo de unos minutos percibió barullo a su alrededor, y lo que le cegaba ahora eran las luces intermitentes naranjas y azules.
de
Fhil Navarro
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primera persona
La noche me invade como un lobo con sus fauces abiertas. Soy el títere olvidado del titiritero, que de ser su favorito pasé a ser objeto de desprecio, en aquella tenebrosa esquina de la habitación. Temo tanto a la oscuridad que llega un momento en que ésta se vuelve insignificante, y abro los ojos escudriñándola, rogando encontrarme con algo o alguien que desgarre mi soledad. Siento el hueco del viejo árbol vacío por dentro, carcomido y sin entrañas para seguir viviendo, y sin embargo es castigado con permanecer en su lugar hasta que algo o alguien le vulnere su desdicha. Miro por la ventana y sólo veo soledad. La del anciano del edificio de enfrente que a horas intempestivas observa anonadado la televisión. La del mendigo olvidado entre cartones a pie de cajero. La de la muchacha que regresa sola a casa con la inseguridad de una ciudad sobre ella. Como yo en mi habitación, con el torso descubierto y una cama desierta. La luz lunar aclara la estancia, lo justo como para definir formas, y mi imaginación dibuja a alguien en la puerta que me observa pero no se acerca, tan sólo observa. Intento hacer brotar lágrimas, para desahogar me dijeron, pero es inútil tan sólo consigo irritar un poco los ojos, hace demasiado que no lloro… Siento que mi vacío se precipita y en él caigo sin tiempo a reaccionar. Es oscuridad, y quisiera estar dormido para no ver lo que vendrá. El corazón me da una punzada, está enfadado. Ya no quiere colaborar conmigo. Ya no quiere compartir mi camino. Dice que se va, que va a saltar, que prefiere morir a seguir padeciendo soledad. Me ofrece un pacto, él se queda si yo le hago saltar de emoción, de tensión, de nervios, de pasión. Yo le digo que sí, vivir así es una tortura pero tampoco quiero morir, no aún, no sin saber lo que es… Un sudor frío se apodera de mi pecho y empapo la cama que se transforma en un páramo helado en el que empiezo a tiritar sin remedio, sin nadie que furtivamente me hunda en su calor, y tirito, y desesperado acudo a mi memoria a buscar a mis musas y ninfas que una vez rocé y su calor es vano e inhumano. Mi incapacidad de combatir mi pesadilla de hielo me vuelvo un ovillo, me arropo con mis mantas y dejo reposar la cabeza de manera exhausta sobre la almohada. Me quedo mirando absorto la figura de la puerta, y decido hacer frente a la noche hasta que arañe el sol mi ventana y vea realmente quien me observa. Arropado y aún temblando, la vista empieza a hacer fundidos a negro contra mi voluntad y en esos instantes pido, mientras mi cabeza empieza a desorientarse, no pasar más noches en la soledad acompañado de las sombras, y que alguien vele por mis sueños para yo poder después velar por los suyos. Y el sueño decidió que no averiguara aún quien me observaba.
de
Fhil Navarro
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jazz in a moment
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Fhil Navarro
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Fhil Navarro
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marionetas
“Sólo al filo de la muerte, en otro carnaval, el hombre había de desvelar el enigma propuesto por el viejo titiritero aquella noche de copas y confidencias en la única taberna del lugar”.
Le arrebata la hoja a Underwood, la hace una pelota y la tira a la papelera. Canasta.
“El enigma. En la taberna. Aquella noche. Aquel titiritero. Otro carnaval. Las confidencias. Las copas. Y todo en un mismo momento. Incluso la muerte”.
Se levanta y le vuelve arrancar la hoja. Repite la acción, pero esta vez se pone a caminar.
Ochenta vueltas al salón en cuarenta y siete minutos. Ojea su tiempo de pulsera. Las once treinta y ocho. Enciende un cigarro. Profundo. Coge la gabardina. Apaga el candil.
Se topa con sombras inertes. Luego con sombras vivas; putas y camellos. Humos brotan de las rendijas de las calles. Dos cuadras más abajo se introduce en un irlandés.
Se enciende otro cigarro. Una tos neumónica le llama la atención. La sombra se esconde de la luz.
Se acerca. Y con tremenda naturalidad comienzan a platicar. Hablan de la vida, de su filosofía, de todo de lo que con un desconocido se atreve a hablar, por lo que es.
Con las manecillas colindando a un cuarto en el cuadrante positivo, la sombra enfermiza le reveló un secreto, el secreto de la vida disfrazado de enigma. Perplejo, surgieron ahogadas respiraciones. Sus propias palabras le asfixiaron. Su cabeza se encontró con la mesa con un golpe seco.
Me levanté discreto, y salí desapercibidamente, tenía que escribir un relato al respecto. Conocía el enigma y conocía el secreto. Llegué a casa. Prendí el candil. Me senté frente a mi teclado mecánico, y empecé a pensar. Veinte horas y media después fui capaz de empezar.
“Sólo al filo de la muerte, en otro carnaval, el hombre había de desvelar el enigma propuesto por el viejo titiritero aquella noche de copas y confidencias en la única taberna del lugar”.
de
Fhil Navarro
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