Correr [Run] Huir
A estas alturas, el Averno y Virgilio me importan muy poco. Camina conmigo.
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—Con permiso. Tengo que pasar. ¿Me permites?
Nada, por mucho que insistía no había manera, no podía avanzar. Pero Marcos no desistía y volvía.
—A ver, por favor, tengo que pasar. ¿Me permites?
—¿Te permites?
Le respondió una voz desde atrás. Marcos se volteó, o más bien torció toda su cabeza lo más que pudo. Ahí estaba un señor bajito con ojos saltones y papada de sapo, mirándolo a través de sus anteojos muy fijamente. Ambos ensardinados en el transporte público.
—¿Cómo que si me permito?
—Sí claro. ¿Te permites?
Totalmente extrañado, el rostro de Marcos hablaba por sí sólo, pero aún así verbalizó.
—No entiendo su pregunta.
—Es muy sencilla —Le respondió el hombre sapo—. ¿Cómo puedes pedir permiso para avanzar si tú no te permites avanzar? No se puede esperar que tu movimiento esté condicionado por la voluntad de los otros— Le respondió con una serenidad pasmosa.
—Pero vamos a ver, tengo que avanzar, pero tampoco se trata de ir empujando a los demás para moverme.
Marcos sin saber cómo se había metido en una conversación con público expectante por escuchar las réplicas.
—Pero si te quedas quieto para no molestar nadie, nunca lograrás moverte. Y el problema es que si tú no te mueves yo tampoco avanzaré. Porque yo haré lo posible por avanzar y muy seguramente, mi movimiento te incomodará. Sin embargo, la molestia es tuya por la falta de acción. ¿Entiendes?
Punto para el hombre sapo. El silencio entorno a ellos era sepulcral. Y es que no hay nada como una buena conversación ajena para tener un trayecto ameno.
—Tiene razón, chico. No siempre el mundo va a funcionar con una simple indicación, a veces hay que acompañarla con algún gesto o acción.
Masculló un tipo alto y escuálido, con facciones largas, mientras miraba a Marcos a través de sus lentes casi en la punta de la nariz para recibir la ayuda de enfocar al muchacho. Y que se encontraba frente a chico.
—Pero a ver, no puedo ir tampoco empujando o pisando al de delante sólo para conseguir mi objetivo de avanzar —dijo Marcos.
—No, pero sí. Todo depende, chico. Al final no se trata del objetivo, si no de la forma. Siempre alguien se va a molestar por el movimiento que decidas hacer, no puedes esperar a que tus acciones reciban luz verde para poder ejecutarlas —la calma del hombre anguila era si bien tranquila muy abrumadora.
—Tiene razón, chico —afirmó el hombre sapo. Tú muévete, y si a alguien le molesta pues le pides perdón. No a todos les va a parecer, pero seguramente es porque ellos tampoco se bajan a la misma estación. ¿Entiendes?
—Es tan sencillo como poner una mano ligera y amablemente sobre la espalda de quien está frente a ti y cuando tengas su atención, hacerle saber tu necesidad. Puede haber molestia, pero también comprensión. Y si no, pues nada: lo apartas —dijo sonriente el hombre anguila. Porque tampoco te vas a detener por el capricho de otros —sentenció.
—Ya veo. ¿Entonces a usted no le importaría dejarme pasar? —preguntó intrigado Marcos.
—A ver chico. Yo no tengo ningún problema en dejarte pasar. Desde aquí arriba no te escucho nada, cosas de la edad. Con gusto te dejaba pasar... —le dijo sonriendo mientras su gafas se adherían mágicamente a la punta de su nariz. Pero bueno, una cosa te voy a decir chico, aquí nos bajamos todos, jajaja —soltó una inocente y breve carcajada.
En ese momento las puertas del transporte público acompañadas de su característico sonido, se abrieron. Y todos, con pasitos de pingüinos, dejaron de ser sardinas para volver a ser personas movidas por alguna acción o deseo. También Marcos, el chico sardina, logro salir y sus pasos se tornaron aunque fuera por un momento, más firmes.
A lo lejos, el hombre sapo y el hombre anguila se despidieron con una silenciosa sonrisa.
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J'ai tant rêvé de toi,
Que tu perds ta réalité.
J'ai tant rêvé de toi,
Qu'il n'est plus temps de m'éveiller.
J'ai tant parlé de toi,
Que j'ai les lèvres usées par ton nom.
J'ai tant parlé de toi,
Que j'ai souvent le sentiment d'être fou.
J'ai tant marché, tant marché,
Que mes pieds ont mal de ton absence.
J'ai tant marché, tant marché,
Que je ne sais plus quel est mon chemin.
Je me suis tant retourné,
Que je ne sais plus où je suis,
Je me suis tant retourné,
Que je ne sais plus où tu es.
J'ai tant rêvé de toi,
Que tu perds ta réalité.
J'ai tant rêvé de toi,
Qu'il n'est plus temps de m'éveiller.
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Te despiertas un día y el mundo ha cambiado. Abres los ojos y ya no eres más un niño. No pasa de golpe, ocurre con calma, lánguidamente. A veces son las rodillas, otras las resacas. En ocasiones el trabajo, otras las facturas. Pero eso es lo normal, es tan natural que ni te das cuenta. Yo hablo de cuando te cae el veinte, de cuando dices: "Mierda, a mi no me prepararon para esto".
Y es ahí cuando te dices que ya nada volverá a ser como antes. Entonces sientes que una carga te oprime el pecho, la conocerás como ansiedad y te acostumbrarás a ella. Llegará el insomnio, los madrugones involuntarios, el desánimo y la falta de inspiración. Y ahí estarán un rato.
Lo bueno es que se termina pasando, bueno se termina disimulando, porque pasarse pasarse no se pasa realmente. Levantas la alfombra y consigues ignorar la situación. Y con bastante éxito, la verdad. Y vuelves a reír, a dormir bien, a crear un cosmos nuevo,... Todo se vuelve a colocar nuevamente en su lugar/no-lugar.
Y así podrá seguir para siempre, o no, cada quién tiene una ruta de viaje distinta. Lo que no va a cambiar nunca es que tu mundo cambió. Y cambiará. Y volverá cambiar. Y los cambios son lo único constante que tenemos.
Afortunadamente, también puedes cambiar la forma en la que enfrentas el cambio. La ansiedad siempre llega en algún punto, y te va a tumbar. Pero también podemos cambiar cómo nos levantamos de la lona. Y un día despertarás, y aceptarás que tu mundo ha cambiado. Y que está bien que ese niño descanse por fin.
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Tres meses. Tres meses que sólo puedo compararlo con un abismo de relatividad... Se vienen muchas primeras veces de muchas cosas, y desde hace un tiempo (tres meses) para acá sólo tengo una verdad que se reafirma una y otra vez:
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Merichane en directo suena igual de bien.
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Frío, congelado. En medio de la nada, desolado. Perdido de la mano de dios. Su corazón se encontraba desterrado. Más allá del fin del mundo, de la vida, del tiempo.
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Tengo la certeza que somos polvo estelar. ESO somos. De ESO venimos. Y en ESO nos convertiremos, nuevamente.
Somos nada en la vastedad del universo. Seremos olvido en la inmensidad del todo. Pero tened la certeza que esta mota de polvo cósmico que os habla, nunca os olvidará; y esparciré mi memoria de vosotros por todos los confines del universo para haceros eternos en el infinito, mientras nos volvemos TODO siendo nada.
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